Por: Juan de Ibarburu
Uno de los aspectos más terribles de la denominada «era liberal en el Paraguay» que abarcó los años 1904 – 1947, estuvo en el sufrimiento y la explotación esclavista que miles de campesinos paraguayos padecieron en los campos yerbateros del profundo interior del país.
Entre las curiosidades más peculiares que suceden en la historia paraguaya o por lo menos cómo ella se relata según la mirada de este uruguayo que hace más de 30 años vive en esta nación maravillosa, es que siempre se suele hablar de los «mensú» como sí ellos existieron en una especie de «universo paralelo», en una «desconexión» del mundo político y social del Paraguay de inicios del siglo XX.
Déjenme decirles que esa mentalidad está lejos de la realidad humana e histórica. Considero que los paraguayos son sumamente inteligentes y entendidos, por esa razón, la versión «edulcorada» que se presenta en los libros de historia sobre el asunto de los «mensú» solamente puede tener un arraigado sesgo político-partidario y que existe un poderosísimo interés de las facciones políticas del Paraguay para mantener a este tema en el ocultamiento o en el mejor de los casos, se lo trata y se lo narra con una fingida distracción, como que no quiere decirse todo lo que debe decirse del tema.
En primer lugar, este asunto se remonta a la Guerra de la Triple Alianza (1864 – 1870). Cuando los miembros de la «Legión Paraguaya» tomaron el poder bajo el amparo de las bayonetas enemigas (así como sucedió en mi país, con la llegada de los esbirros del general Venancio Flores quienes derrocaron al legítimo gobierno del partido Blanco), estos traidores a su propio país desataron toda su angurria y sus insaciables apetitos de robo y de saqueo. No hubo tierra pública que los señores de la «Legión Paraguaya» hayan dejado sin rapiñar, sin expropiar para ellos, sin robar y sin dejarla completamente pelada.
Cualquier excusa era válida y estas llamadas «grandes familias» que estaban compuestas por los Decoud, los Iturburu, los Peña, los Guanes, los Jovellanos, los Loizaga, los Machaín, los Zubizarreta y etcéteras, se convirtieron (con la aprobación de la Triple Alianza) en los «amos y señores» de lo que quedó del Paraguay, sin respetar a nada y a nadie. No hay mayor testimonio de la destructiva función que cumplieron los hombres de la «Legión Paraguaya», que en palabras proferidas en el año 1891 por el político del Partido Liberal José de la Cruz «Alón» Ayala: «no dejaron ni siquiera una estaca clavada, el más claro testimonio de sus inexistentes obras por el Paraguay».
Puede ser que «Alón» estuviera exagerando porque sangraba por la herida pues los «legionarios» se encargaron de rapiñar a grandes extensiones de tierras que pertenecían a sus abuelos. Y también porque la «Legión Paraguaya» creó algo que no existía en este país antes de 1870: los «partidos políticos» y otras organizaciones similares, más discretas y perversas, que no viene al caso mencionarlas aquí. En cambio, es completamente cierto que los llamados «Legión» no hicieron ninguna sola cosa relevante para el Paraguay.
La situación de los campesinos paraguayos fue terrible y en nada mejoró con el acceso al país de poderosas compañías explotadoras de obreros y labriegos, como la del mercenario austrohúngaro Nicolás Mihanovich, navegante que llegó al Paraguay como proveedor de los ejércitos de la Triple Alianza y que por mucho tiempo se convirtió en «dueño» casi indiscutido de los transportes fluviales desde Buenos Aires hasta Paraguay, especialmente desde el año 1875 hasta la propia muerte de este «gran empresario», como se lo llamaba.
Pero quizás el caso más famoso, por lo tempranero del mismo, que marca el inicio del tormento y el sufrimiento de los obreros y campesinos paraguayos, se produce con la aparición de la compañía que hoy se conoce como «Matte Larangeira». Según una investigación (del argentino Alberto Daniel Alcaraz que se publicó en el año 2016), Thomaz Larangeira, al igual que Mihanovich, era proveedor de la Triple Alianza y desde 1872 que empezó a recibir beneficios por parte de los mismos brasileños que ocupaban el Paraguay, lo que era confirmado por las leyes que se promulgaron durante la presidencia de Salvador Jovellanos (1871 – 1874).
La explotación yerbatera de Thomaz Larangeira comenzó ya entonces pero luego creó una compañía, la tristemente célebre «Matte Larangeira», cuya primera sede estuvo en la ciudad de Concepción (Paraguay) y empezó sus operaciones desde el año 1877. Las tierras que el gobierno paraguayo de «La Legión» entregó a la explotación en favor de la compañía «Matte Larangeira» y sus socios eran principalmente aquellas que robaron al mariscal Francisco Solano López y a su legítima heredera, doña Elisa Alicia Lynch, ubicadas al sur del Mato Groso (el resto de las tierras quedaron en manos de «La Legión» y sus acólitos).
En el exitoso programa radial «El Estridor de las Armas» conducido por la reconocida historiadora paraguaya Noelia Quintana, se explicó con claridad el asunto del robo de tierras públicas y la lucha de doña Elisa Lynch, quien «peleó incansable por recuperar esas tierras que le pertenecían a ella, a los hijos del mariscal López y por extensión, al pueblo paraguayo. Pero los legionarios le robaron todo y el resto se lo dieron a precio vil a las compañías extranjeras como la Matte Larangeira». Esta es la verdadera historia que pocos quieren relatar.
Poco o nada hicieron los primeros gobiernos colorados para mejorar la situación. Sin embargo, es digno de destacar el esfuerzo del presidente general Bernardino Caballero, quien con su «Ley de las Tierras Públicas» del 2 de octubre de 1883, intentó poner un «tope» a la venta de tierras a extranjeros, hasta 150 mil pesos fuertes. La intención era iniciar una reforma agraria, regularizar los títulos de propiedad (que en muchos casos estaban duplicados o hasta triplicados en los catastros) y reactivar la economía. Para algunos, fue un «mal necesario» con el que se intentó dar un marco jurídico regulador para una rapiña descontrolada que sucedía desde mucho antes a la vez que obtener ciertas ganancias para el Estado que no poseía recursos financieros en sus arcas.
Para otros, fue una auténtica tragedia que solamente agudizó el problema de los campesinos, que debieron abandonar sus tierras en manos de grandes latifundistas. Lo que nadie puede negar es que este fue un intento de solucionar, bien que mal, un grave problema que nadie afrontaba. En estas dos interpretaciones, una vez más, se percibe el relato político-partidario por encima de la realidad histórica, que todavía espera ser relatada y descubierta.
En cambio, el verdadero drama de los «yerbales» empezó cuando la compañía «Matte Larangeira» alcanzó el auge de sus explotaciones entrado el año 1904, lo que coincidía increíblemente (aunque no pasa de ser mera coincidencia) con la llegada del Partido Liberal en el poder en Paraguay tras una sangrienta revolución. Las explotaciones de la nueva compañía «Larangeira Méndez y Cia» (con la compra de acciones por parte del argentino Francisco Méndez) abarcaban principalmente a los territorios del Matto Grosso, norte del Paraguay y la franja ribereña del Paraná que bañaba a los territorios fronterizos de Argentina, Brasil, Paraguay e inclusive se aproximaba al río Uruguay.
El sufrimiento de los peones explotados, que eran en su mayoría campesinos e indígenas de tribus guaraníes, alcanzó un pico máximo en los años 1906 – 1920. Los episodios de maltratos inenarrables, con matanzas incluidas, por parte de los «capangas» de la antigua compañía Matte Larangeira contra los obreros y campesinos de los yerbales empezaron a ser relatados públicamente por numerosos escritores y periodistas.
Mi compatriota, el uruguayo Horacio Quiroga, en el año 1914 publicó un famoso cuento que dio nombre a los pobres campesinos y obreros explotados por los yerbales de «Larangeira Méndez y compañía». Se llamó «Los Mensú» y él conoció bastante del tema porque tenía su pequeña casa quinta en la cercanía de los obrajes de los yerbales:
«Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos mensú devoraban la capital del bosque, Jerusalén y Gólgota de sus vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida del obraje, era apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban allí. De cien peones, solo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria de una semana a que los arrastra el río agua abajo, cuentan con el anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante, espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de profesión, ante las cuáles los mensú lanzan su ¡ayhju! de urgente locura».
Era la esclavitud de largos meses atenuada por unos pocos días de orgiásticos placeres, según Horacio Quiroga. Pero la cosa era mucho peor, según los reportes que otro compatriota mío, Guillermo Bertotto, enviaba desde la misma Asunción del Paraguay.
De hecho que el uruguayo Bertotto recibió tremenda tortura y paliza en Paraguay, que le habría provocado la muerte a la larga, por haber sido uno de los primeros en denunciar el sufrimiento de los «mensú» paraguayos. Y su amigo y defensor, el anarquista español Rafael Barrett, padeció similar destino pero logró salvar la vida para contar el cuento en sus famosas columnas de prensa sobre el mismo tema, conocidas hoy en día como «El Dolor Paraguayo».
El régimen del Partido Liberal en el Paraguay, especialmente en su primer período de 1904 – 1923, seguía una política de ocultamiento sistemático de todos los sufrimientos inenarrables de los campesinos e indígenas paraguayos en las manos de los «capangas» explotadores de los pobres «mensú».
Era un tema en el que se impuso un forzoso silencio: nadie hablaba, nadie sabía nada y el que abría la boca, sufría lo mismo que sufrieron Guillermo Bertotto y Rafael Barrett, quienes se convirtieron en el ejemplo de la tortura y de la represión que sufrían los periodistas en el Paraguay en los primeros tiempos de la hegemonía del Partido Liberal.
¿Cuántos miles de paraguayos sufrieron en el terrible régimen del «mensú», con la anuencia de los gobiernos liberales en el Paraguay, que conocían perfectamente todo lo que sucedía porque era algo que se publicaba en todas partes, en especial en esos años en que ellos tuvieron el poder? Hasta hoy, nadie quiere investigarlo.
Cierto es que los primeros gobiernos del Partido Colorado tampoco están exentos de culpa. Sin embargo, la parte más cruel y más miserable del «mensú» coincidió con los años de apogeo de la compañía Matte Larangeira y Mendez, en 1906 – 1920. Esto coincide, guste o no guste, con la hegemonía del Partido Liberal en el Paraguay.
La historia de los «mensú» todavía está por contarse. Lo que debemos hacer, en la opinión de este uruguayo que ama al Paraguay, es que se debe dejar de narrar esta historia como si fuera que existieron en una especie de «universo paralelo» en el que los líderes políticos paraguayos de la época supuestamente nada tenían que ver en los sufrimientos indescriptibles que padecían los campesinos, obreros e indígenas de su propio pueblo. Probablemente es todo lo contrario: los gobernantes paraguayos fueron cómplices por acción, omisión y ocultamiento de todas esas dantescas escenas.



