En la siempre creativa República del Paraguay, la Facultad de Ciencias Políticas de la UNA acaba de dar una clase magistral de “realismo mágico institucional”: Ángel Ramón Barchini fue nombrado director de la Escuela de Ciencias Políticas, en reemplazo de Rubén Galeano, para que ahora la casa de estudios sea dirigida por un experto… en fracasos electorales, aunque con producción académica nula.
Porque si algo no se le puede negar a Barchini es coherencia en su especialidad: en los años 90 perdió la intendencia de Asunción contra Martín Burt, y cuando volvió a intentarlo en el siguiente ciclo municipal —aquel en el que Enrique Riera resultó electo intendente— ni siquiera logró superar las internas coloradas. En esa época, el histórico dirigente Icho Planas lo bautizó con una ironía que hizo escuela: “miss elecciones”. De figura prometedora de la vieja guardia estronista, su liderazgo nunca logró trascender un puñado de manzanas de la capital.
Su última incursión en la materia fue su reciente candidatura a senador con el sistema de listas desbloqueadas. Barchini ratificó su condición de afiliado colorado sin votos y quedó fuera de la mejor elección legislativa de la historia de la ANR. Su caudal electoral propio trascendió apenas su núcleo familiar.
Su currículum está lleno de cargos: ex juez penal, ex diputado, ex embajador, ex ministro, ex candidato a todo. Pero, curiosamente, lo que no aparece por ninguna parte es una producción académica reconocible en ciencias políticas: no se le conocen libros de referencia en el campo, ni artículos indexados, ni aportes teóricos relevantes.
Sus méritos para el cargo, a la vista, no parecen ser académicos sino políticos: un auténtico perdedor serial de contiendas electorales convertido en modelo de “liderazgo” para formar a las futuras generaciones de cientistas políticos.
El mensaje que se desliza, entre líneas, es de una ironía casi pedagógica: para llegar a dirigir una escuela de ciencias políticas no hace falta encarnar la excelencia académica ni haber producido conocimiento relevante, basta con haber recorrido durante décadas los pasillos de la política sin dejar una huella verdaderamente trascendente. En ese sentido, Barchini podría convertirse en un caso de estudio viviente para sus propios alumnos: no tanto para enseñar cómo se construye liderazgo, sino para ilustrar el lugar de la intrascendencia en la política.



