Paranaländer se transforma en cazador de leyendas paraguayas ocultas en los innumerables caatis pletóricos de urus y ñuati curuzus de la hemeroteca nacional y retorna feliz con una pieza rarófila de Artemisa amambayense.
Nuestra constelación de hoy, la que traza esta columna que usted está leyendo, legendaria, mitopoyética, incluye a La Revista de Turismo, la década de los 40, Artemisa, maldición, bosque proscrito, caati, yerbales, transformación en hombre-pez, kerosén, tesoros del subsuelo, virginidad, leyenda pos guerra guasu, Amambay, doble narrativa…
Un artículo de la Revista de Turismo titulada Tradiciones paraguayas. La leyenda de Añá Retá. Lo firma el baqueano incansable en la pesquisa de las norteñas historias del Amambay y Mbaracayú, Cándido Núñez, con correcciones de Jorge. S. Miranda. Hay dos relatos o narraciones en la leyenda transcrita. La primera la cuenta Lito-Abá, cazador errante allá por las postrimerías del siglo diecinueve, en la región de los caati del Amambay, conocido con el misterioso nombre de Aña Retá. Perdido en esos yerbales virginales, se encuentra con Ypóra, que toma la palabra y cuenta la historia de su transformación de indio mancebo fuerte y valeroso en hombre-pez por transgredir el tabú de pisar Añá Reta, gobernada por el chamán de grandes poderes Guyrá Pepó. La proscripción se debe para evitar que su hija Pojhá Ype conozca el amor. Como hija adoptiva de Cuarajhy Tupa debe permanecer casta e inmaculada como Añá Retá inhollada.
Entre otros misterios del lugar, poblado de cantos del guaymingué y el susurro de los anguery entre los ñuati curuzú, está Laguna Né. Según nuestro narrador su hediondez se debe a que guarece en sus entrañas más profundas oro líquido o petróleo. Otro nombre con que se conoce la zona es la de Itá Atyra Ricué Quyrá. O sea, sudor de las sierras que produce gas inflamable.
Queda muy claro que Pojhá Ype es una suerte de Artemisa guarani, solo que en vez de ser la hija de Zeus lo es de Cuarajhy Tupa. Ypóra es el malhadado cazador Acteón, cuya mirada, filosófica como dirían Bruno y Sartre, aunque siempre, voyeur, le pierde fatalmente.
Lito-Abá suponemos es el único personaje histórico corroborado por nuestro recopilador de leyendas, también cazador hijo de un sobreviviente de la Guerra Grande, de quien heredó su fusil de chispas para cazar su alimento diario de urus, caguas y cogoes.
Otra lectura más antropológica interpretaría esta prohibición de hollar bosques vírgenes como la vigencia y potestad de un espíritu guarani sobre la región. Una suerte de jára o protector de los bosques y de sus tesoros naturales, en fauna, flora e incluso en otros rubros un poco más fabulosos como los del gas inflamable o kerosén de Laguna Né.
Hoy, 80 años después de la publicación de esta leyenda entre naturalista y prospectiva de nuevos negocios que enriquecerían una vez más a nuestro país, no sabríamos qué ha quedado de todo ello. Ni el petróleo nos hizo un país rico, pues nunca brotó de Laguna Né, los bosques prácticamente se han reducido a mínima extensión, y las leyendas de indias castas protectoras ya no se comentan en las rondas de caña o tereré…
Nos queda exhumar este bello sueño disuelto en el aire azur de la nostalgia.



