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viernes, marzo 6, 2026

Nuevo grado de inversión deja mudos a los profetas del pesimismo

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Paraguay acaba de consolidar un hecho que vale más que mil consignas. Ya cuenta con dos calificaciones de grado de inversión. Es una señal fuerte de confianza externa y de madurez macroeconómica. Coloca al país en un escalón distinto ante el mundo financiero y productivo.

Para el ciudadano común, esto se traduce en algo directo. Cuando un país es percibido como confiable, puede financiarse mejor, atraer inversión con menor costo de riesgo y ampliar oportunidades de trabajo y crecimiento. Se reduce la sospecha permanente que encarece créditos, demora proyectos y castiga la planificación de largo plazo.

El grado de inversión no es un premio político ni un aplauso por simpatía. Es el resultado de un proceso técnico que evalúa cuentas públicas, trayectoria de deuda, estabilidad monetaria, crecimiento, sector externo y calidad institucional. Llegar a ese umbral exige consistencia y continuidad, porque se miran tendencias y capacidades sostenidas, no gestos momentáneos.

Tener dos calificaciones de grado de inversión es un salto cualitativo respecto de tener una. Amplía el universo de inversores habilitados por sus propias reglas, refuerza la credibilidad y vuelve a Paraguay más competitivo para captar capital de largo plazo. A mediano plazo, esa confianza suele reflejarse en mejores condiciones de financiamiento para el Estado y también para empresas y bancos, porque el riesgo país deja de ser una mochila tan pesada.

Este logro no se entiende sin una trayectoria de políticas de Estado impulsadas desde 2003 y sin el respaldo de la gobernabilidad. La economía no avanza en un laboratorio. Avanza cuando hay capacidad política para sostener reglas, ordenar instituciones, aprobar reformas y dar previsibilidad a quienes invierten, producen y generan empleo.

En esa línea, el informe de Standard and Poor’s reconoce el valor de la estabilidad política y de políticas públicas y la vincula a la fortaleza parlamentaria del Partido Colorado y a una relación de trabajo que permitió impulsar reformas bajo el gobierno de Santiago Peña. Ese reconocimiento importa porque viene de un actor externo que no vota en Paraguay, no milita y no se guía por pasiones domésticas.

También deja expuestos a los formadores de opinión que anuncian el desastre como rutina y confunden deseo con diagnóstico. El anticoloradismo emocional no corrige cuando se equivoca, cambia de libreto y vuelve a empezar con la misma profecía.

La tarea que sigue es cuidar lo alcanzado y hacerlo sentir en la vida real. Este nuevo estatus obliga a más responsabilidad, más profesionalismo y más enfoque en resultados, porque la confianza se gana y también se puede perder. Si Paraguay sostiene la estabilidad y convierte esa credibilidad en inversión productiva, empleo formal e infraestructura, el grado de inversión dejará de ser una noticia para especialistas y se volverá una mejora tangible para la mayoría.

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