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jueves, julio 16, 2026

López tenía razón

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A 156 años de su muerte en Cerro Corá, el análisis geopolítico del Mariscal Francisco Solano López sobre el equilibrio en el Plata resultó ser una profecía que la historia confirmó puntualmente durante un siglo y medio.

Por: Héctor Gayoso

Cada 1 de marzo, el Paraguay recuerda a sus héroes. Recuerda Cerro Corá. Recuerda al Mariscal Francisco Solano López, asesinado a orillas del río Aquidabán por las tropas del Imperio del Brasil mientras pronunciaba, según la tradición, sus últimas palabras: «¡Muero con mi Patria!» Lo que no siempre se recuerda con la misma claridad es que López no solo murió por su patria. Murió teniendo razón.

No razón en cada decisión táctica. No razón en cada movimiento militar. Eso es materia de otro debate. Razón en lo que más importa en política internacional: el diagnóstico estructural y el pronóstico de largo plazo. López vio con claridad lo que se venía, advirtió lo que pasaría si no se lo impedía, y la historia le dio la razón durante los siguientes 150 años.

En 1855, Francisco Solano López regresaba de Europa. Tenía menos de treinta años, había recorrido las cortes de Inglaterra, Francia y Prusia, y traía consigo armas, tecnología y una visión geopolítica que muy pocos en la región tenían. En ese contexto se encontró con Andrés Lamas, uno de los diplomáticos más experimentados y respetados del Uruguay, un hombre que conocía como pocos las presiones del Imperio del Brasil sobre los países pequeños del Plata.

Lo que López le dijo a Lamas en esa conversación no fue una fanfarronada de joven ambicioso. Fue una declaración de visión estratégica:

«En tanto a mi país, si algún pensamiento lo agita es el de pensar en la política del Río de la Plata en un sentido pacífico y sin más propósito que el que se conserve el actual equilibrio, buscando en ello la garantía de su propia conservación y autonomía, beneficio que apeligrará el día en que el Brasil o la Argentina, los eternos rivales, lleguen, uno u otro, a predominar, dedicadamente, sin control, en esta región de América.»

Nótese a quién se lo dice. No a un aliado ideológico ni a un subordinado. Se lo dice a un uruguayo, es decir, al representante del otro país pequeño y vulnerable de la región. La elección del interlocutor no es casual: es una declaración de identidad geopolítica compartida. López le está diciendo a Lamas que Paraguay y Uruguay solo pueden existir como naciones verdaderamente soberanas si ninguna de las dos potencias grandes logra la hegemonía absoluta. El equilibrio no era un ideal abstracto. Era la condición material de sobrevivencia para los débiles.

Nueve años después de aquella conversación con Lamas, recogido por la historiografía nacional, el escenario que López había descrito comenzó a materializarse. El Imperio del Brasil, con el pretexto de la guerra civil uruguaya, preparaba la invasión del territorio oriental para instalar un gobierno títere favorable a sus intereses. El 30 de agosto de 1864, el gobierno paraguayo presentó su posición de manera formal y solemne:

«La República del Paraguay considerará cualquier ocupación del territorio oriental por fuerzas imperiales como atentatorio al equilibrio de los Estados del Plata, que interesa a la República del Paraguay como garantía de su seguridad, paz y prosperidad.»

Brasil ignoró la advertencia e invadió Uruguay de todas formas. Lo que siguió fue la guerra más destructiva de la historia latinoamericana.

Hay un detalle que la historia oficial suele omitir: el Tratado de la Triple Alianza fue firmado en secreto en mayo de 1865, antes de que Paraguay hubiera invadido territorio argentino o uruguayo. Ya repartía los territorios y los ríos paraguayos entre los vencedores. Cuando el diario londinense The Times lo filtró en 1866, quedó en evidencia que la guerra no fue una respuesta a una agresión paraguaya. Fue un plan premeditado. López lo había visto venir desde 1855.

El papel de Argentina en esta historia merece un análisis propio porque es, acaso, el más paradójico. Bartolomé Mitre no fue una marioneta pasiva del Imperio. Fue un político hábil que vio en la guerra una oportunidad: consolidar el Estado argentino unificado bajo Buenos Aires, liquidar las simpatías federales que existían en Corrientes y Entre Ríos hacia el Paraguay, y proyectarse como figura continental. Fue un cómplice entusiasta, con agenda propia.

El resultado estratégico para Argentina fue el que López había predicho: al sumarse a Brasil para destruir Paraguay, Argentina eliminó con sus propias manos al único actor que podía equilibrar el peso imperial en la cuenca del Plata. Argentina entró a la guerra creyendo que sería socia del Imperio. Salió habiendo sido su herramienta.

La guerra de la Triple Alianza no convirtió a Brasil en una potencia: ya lo era. Lo que hizo fue algo más específico y más relevante: eliminó el único obstáculo estructural a la hegemonía brasileña en la cuenca del Plata. Con Paraguay destruido como Estado viable, Brasil quedó como actor dominante indisputado en toda la región, sin ningún contrapeso real.

Algunos argumentarán que Argentina tuvo su propio período de esplendor entre 1880 y 1930, cuando llegó a ser una de las diez economías más grandes del mundo. Es verdad. Pero ese auge no tuvo nada que ver con la guerra. Fue consecuencia de la inmigración masiva europea y la exportación agrícola al mercado mundial. Hubiera ocurrido igual, y probablemente mejor, con un Paraguay vivo como aliado regional. Y cuando ese ciclo terminó, Argentina quedó expuesta exactamente en la posición que López describió: sin el aliado que destruyó con sus propias manos, frente a un Brasil que había crecido sin contrapeso durante más de un siglo.

Hoy Brasil tiene una economía diez veces mayor que la argentina, es miembro del BRICS, y es el interlocutor inevitable de cualquier negociación sudamericana. Es la potencia dominante indisputada de la región. Exactamente lo que López vio venir en 1855 cuando le habló a Lamas de los riesgos de que uno de los eternos rivales llegara a predominar «dedicadamente, sin control, en esta región de América.»

López no solo fue un héroe porque murió peleando. Fue un estadista que tuvo razón sobre lo más importante: quién era el adversario estructural, qué se perdería si ganaba, y qué sería el Plata sin equilibrio. Su ruta puede debatirse. Pero el diagnóstico fue correcto. Y el pronóstico, devastadoramente correcto.

La gran tragedia no es solo que López haya muerto a orillas del Aquidabán. La gran tragedia es que murió teniendo razón, y que esa razón no fue suficiente para que ninguno de sus vecinos la escuchara a tiempo. Uruguay tampoco escuchó, y también perdió el único sistema que garantizaba su independencia real.

Cada 1 de marzo, el Paraguay recuerda al Mariscal. Quizás sea también momento de recordar que lo que defendió en Cerro Corá no fue solo una bandera. Fue la única arquitectura posible para una región donde todos, sin excepción, tenían algo que perder si uno solo lo ganaba todo.

 

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