El ingeniero Roberto Hauswirth escribe sobre el nuevo Mundial, con duras críticas a un formato cada vez más inflado, menos emocionante y más publicitario, y se pregunta si el fútbol que viene no terminará sin árbitros, sin hinchas de verdad y sin alma.
El Mundial ya no parece la fiesta sagrada en la que las naciones se reconocían en once tipos nerviosos, una camiseta transpirada y un himno cantado con más emoción que afinación, sino una plataforma global de contenidos.
Una plataforma global de contenidos, decía, donde el partido ocurre entre activaciones comerciales, cámaras lentas, métricas, sponsors, microeventos y la joda esta del breaking cool, que bajo la excusa ridícula del «bienestar del jugador» que apenas disimula que es la vieja pausa publicitaria interrumpiendo la sana ansiedad los futboleros.
Sin hablar de la expansión del torneo, antes más selecto y duro, hoy un simple modelo de negocio que ya no quiere una Copa del Mundo, quiere una temporada completa de Netflix con pelota, con sus campañas previas de figuritas, de mamis y papis practicando rituales más mufa que político presente en el campo de fútbol.
El fútbol, que alguna vez fue tragedia popular, azar plebeyo y memoria compartida, empieza a parecer una interfaz. Antes un offside era una discusión de bar que podía terinar a los golpes, una traición del línea, una injusticia que duraba veinte años y servía para educar sentimentalmente a una generación.
¿Ahora qué fue de todo eso? Se volvió una replica de esas modalidades de desafío del FIFA que juegan los niños, con una animación clínica donde cámaras, sensores y puntos corporales deciden si el dedo gordo del nueve invadió la soberanía geométrica del defensor.
La tecnología se presenta como un avance de precisión. El hincha, menos iluminado pero más humano, sospecha que lo están cagando grande, le están haciendo escuelita, le están cambiando el misterio por una auditoría.
El árbitro, último funcionario barroco de la modernidad futbolera, camina hacia su jubilación ontológica.
Primero le pusieron auricular, luego lo mandaron a mirar una pantalla como alumno castigado, después lo rodearon de protocolos, VAR, AVAR, chequeos, revisiones, líneas, trazados, audio, silencio, gesto solemne y teatrillo administrativo. Ahora la pregunta ya no es si el juez se equivocó, sino cuánto falta para que lo eliminen del todo y lo reemplacen por una combinación de dron, algoritmo, reloj inteligente y voz neutra que diga: “Decisión final: humanidad insuficiente”.
La ironía es dolorosa: el fútbol se volvió más exacto y, al mismo tiempo, más insoportable. El viejo error arbitral tenía algo de pecado original, una caída que fundaba relatos, odios, memorias familiares y sobremesas infinitas.
El nuevo error tecnológico, en cambio, llega con manual de procedimiento, comunicado institucional y estética de call center. Se perdió la injusticia artesanal y se ganó la injusticia certificada, con sello de calidad, trazabilidad y probablemente un patrocinador oficial de la transparencia y la equidad de género.
Las reglas también avanzan hacia una pedagogía de jardín de infantes planetario. Ya casi no se tolera que el capitán discuta, que el arquero pierda tiempo con talento, que el defensor use el cuerpo como los antiguos usaban la espada, que el delantero exagere con dignidad teatral. Todo debe ser explicado, medido, corregido, comunicado al estadio, convertido en experiencia de usuario; el próximo paso natural será que el árbitro tenga canal propio, monetice sus decisiones y pida que nos suscribamos antes de cobrar un penal.
Así nace el post-fútbol: una simulación con césped, una liturgia sin misterio, una épica sin destino común, una patria reducida a skin descargable. Podemos imaginar un escenario distópico donde hincha del futuro ya necesite haber nacido en ningún lado, ni sufrir con una camiseta heredada, ni putear en el idioma de sus abuelos, bastará con elegir avatar, himno personalizable, clima emocional, nivel de dificultad y selección soñada.
Cada individuo, sin patria y sin nación, podrá ganar su Mundial privado en una experiencia sintética hiperrealista, mientras una voz amable le ofrece comprar la celebración premium.
El problema no es que el fútbol cambie, porque siempre cambió, el problema es que lo están cambiando para que deje de parecerse a la vida. Y la vida, por suerte o por desgracia, todavía tiene barro, error, demora, injusticia, infancia, barrio, bandera, insulto creativo, lágrima inútil y gol de carambola, pero también en vías quizás de desaparición.
Cuando todo eso sea corregido por el algoritmo, quizá el Mundial sea perfecto, justo ahí, como ocurre con tantas cosas perfectas, habrá dejado de ser fútbol y sobrevendrá el Apocalipsis.



