Gustavo Alfaro salió de la conferencia de prensa contra Australia con un discurso que ya había ensayado antes, pero que esta vez sonó más hondo, más terminante. Lo dijo con calma, sin golpes de puño sobre la mesa, pero con la contundencia de quien cree que está nombrando una realidad que no puede cambiar: «Es lo que tenemos.»
Nadie le pide a Alfaro que mienta. No queremos un técnico que nos diga que somos Alemania. Pero hay una diferencia importante entre la honestidad y el discurso de la resignación. Y esa diferencia es, justamente, la que el paraguayo tiene derecho a reclamarle. Porque hubo un Paraguay diferente, y lo dirigió él.
Fue el 10 de septiembre de 2024, en el Defensores del Chaco colmado de 42 mil personas. Diego Gómez se paró cerca de la medialuna, amagó, y sacó un remate de derecha con tres dedos desde afuera del área. La pelota pegó en el palo derecho y se metió. Alisson no llegó. Paraguay ganó 1 a 0 a Brasil, hoy «una de las candidatas». Y después, en el segundo tiempo, vino algo que no se olvida: 13 pases en 32 segundos que enloquecieron a los paraguayos y bajó el «ole» desde las tribunas. Les hicieron el ole a Brasil. En el Defensores del Chaco. Con Gustavo Alfaro en el banco.
Dos meses después, el 14 de noviembre, llegó Argentina al mismo estadio. Lautaro Martínez abrió el marcador a los 11 minutos. Paraguay no tardó en responder: un centro de Gustavo Velázquez le cayó a Antonio Sanabria, quien ejecutó una espectacular chilena que dejó sin opciones al Dibu Martínez. Luego, Omar Alderete remató de cabeza y puso el 2 a 1. Paraguay le ganó a «la selección campeona del mundo». En ese equipo estaban Messi, Lautaro, Álvarez, De Paul. Y también estaba un Paraguay que se animaba, que jugaba, que combinaba, que hacía paredes, que corría hacia adelante. El invicto de nueve partidos que Alfaro construyó desde su llegada incluyó victorias ante Brasil, Argentina y Uruguay. No es un detalle menor: es la historia que construyó este mismo técnico.
Entonces uno se pregunta: ¿qué Paraguay salió a la cancha contra Australia?
Una línea de cinco defensores para no ceder el contragolpe a un rival que, según el propio Alfaro, «había liquidado a otros con apenas dos transiciones». El resultado fue un 0 a 0 sin profundidad, sin llegadas claras, sin el alma que tuvo aquel equipo de las eliminatorias. El propio técnico lo admitió: «Nos faltó sacar limpia la pelota y tener extremos que te obliguen a retroceder. Ahí se nos complica.»
Lo que nadie le discute a Alfaro es la lectura estructural del fútbol paraguayo. Tiene razón en muchas cosas. Lo que el hincha paraguayo cuestiona no es el diagnóstico. Es el tono con que ese diagnóstico se convierte en justificación antes de jugar. Hay una distancia enorme entre decirle al mundo «venimos de lejos y sabemos lo que nos falta» y pararse frente a una cámara después de un empate gris y hablar de jerarquías (o falta de jerarquía) de tus jugadores como si fueran destino.
Alfaro sabe mejor que nadie lo que este equipo puede dar. Lo vio. Lo condujo. Ese Diego Gómez que sacó un remate de tres dedos a Alisson es el mismo que jugó contra Australia. Ese Enciso que el técnico llamó «valiente» en la conferencia es el mismo que creó incomodidades cada vez que tocó la pelota en las eliminatorias. Ese Almirón que se fue expulsado contra Turquía es el mismo que hacía las paredes que enloquecían al Defensores contra selecciones que hoy están jugando el mundial y ganando con jerarquía.
No pedimos épica forzada. No pedimos que nos digan que vamos a ganar el Mundial. Pedimos que no se olviden de lo que ya fuimos. Que el relato de la limitación no se instale antes de que suene el silbato. Que el técnico que nos hizo gritar hace menos de dos años recuerde, antes de hablar, qué fue capaz de hacer este equipo cuando se lo permitió.
La memoria del paraguayo no es corta. Y en ella todavía suena el «ole» en el Defensores, todavía se eleva la chilena de Tony, todavía entra el tiro de tres dedos de Diego rozando el segundo palo.
Eso también «es lo que hay».



