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sábado, junio 6, 2026

Interviú con Leo de Blas

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Paranaländer entrevista a la fotógrafa Leonor de Blas (Asunción 1979), cuyas fotos se mueven libremente entre lo documental y lo artístico.

 

Uno.  ¿Cómo llegaste a la fotografía, formándote con profesionales, o por propia iniciativa, haciéndote a ti misma?

Mis inicios en la fotografía se dieron en el formato analógico, hacia 1995, en el Estudio 4×5 del profesor Caballero. Ese primer acercamiento a la imagen marcó profundamente mi adolescencia y despertó una curiosidad que, con el tiempo, se volvió persistente.

Con la llegada de lo digital, continué mi formación a través de una tecnicatura en fotografía en el ITSI, y fui construyendo mi camino profesional en diálogo con distintos maestros y maestras que acompañaron y expandieron mi mirada, especialmente desde lo documental, lo artístico y lo editorial.

Ese recorrido se fortaleció con la participación en residencias artísticas en Paraguay y en otros países, así como en talleres y espacios de formación continua, que fueron fundamentales para profundizar mi práctica y situarla en diálogo con otras escenas y contextos.

Mi formación, en ese sentido, es híbrida: se nutre tanto de espacios formales como de una búsqueda constante, sostenida por la práctica, la experimentación y el cruce con otros lenguajes.

Dos. Haces fotografía documental y artística, ¿cuál es la diferencia, el primero estaría más cerca del fotoperiodismo?

Para mí, más que una diferencia rígida, hay un territorio de posibilidades. La fotografía documental y la artística no son campos opuestos, sino formas de aproximarse a la realidad desde distintos lugares.

La fotografía documental tiene un vínculo más directo con lo real, con lo que sucede, y en ese sentido puede dialogar con el fotoperiodismo, aunque no necesariamente responde a su urgencia ni a sus lógicas informativas. Me interesa lo documental como una forma de observar, pero también de construir sentido y abrir preguntas que habilitan múltiples interpretaciones.

La práctica artística, en cambio, me permite desplazar esos interrogantes hacia otros niveles de lectura: trabajar con la memoria, la subjetividad y la construcción de sentido. No se trata solo de mostrar, sino de proponer una experiencia.

En mi trabajo, ambos lenguajes conviven: lo documental suele aparecer como punto de partida, pero muchas veces se expande hacia una dimensión más poética, crítica y reflexiva.

Tres. Ocupas el cargo de directora de la FILFA (Feria Internacional del Libro Fotográfico Autoral), que tendrá este año una nueva edición, la sexta tengo entendido, ¿podes contarnos en qué consiste esta feria?

Así es. Desde El Ojo Salvaje, organización que presidí entre 2019 y 2023, me toca hoy llevar adelante la FILFA: un encuentro bianual que, desde 2014, impulsa la producción de fotolibros en Paraguay y teje vínculos con la región, reuniendo voces y miradas diversas para activar el ecosistema del fotolibro y promover diálogos actuales y necesarios.

En cada edición, la feria convoca a referentes de Iberoamérica y otras regiones, generando instancias de formación, intercambio y cooperación cultural. La sexta edición, que se llevará a cabo del 4 al 7 de noviembre, profundiza esta proyección con una programación que integra el V Concurso de Fotolibro, espacios de formación, revisión de proyectos, exhibiciones y acciones orientadas a fortalecer la producción editorial contemporánea.

A través de estas iniciativas, la FILFA continúa expandiendo redes, impulsando nuevas voces y posicionando a Paraguay como un nodo activo dentro del circuito internacional del fotolibro.

Cuatro. ¿Qué aprenden los niños en tu taller fotográfico, encontrar el momento en que la luz les dice que ya pueden apretar el obturador o que el encuadre alcance la gravedad del mundo conocido?

Mini Clic es un proyecto educativo y creativo que llevo adelante desde 2014, pensado como un espacio de acercamiento a la fotografía para niños, niñas y adolescentes.

Más que enseñar técnica, me interesa trabajar la fotografía como un lenguaje: una herramienta para observar, imaginar y decir. En un mundo saturado de imágenes, es clave comprender que la fotografía no es solo técnica, sino una forma de pensamiento con capacidad de incidir, movilizar y transformar. Desde ese lugar, cada participante construye un discurso propio sobre su entorno.

En ese proceso, la técnica aparece, pero no como punto de partida, sino como consecuencia de una mirada que se va afinando. Lo central en estos talleres es otra cosa: desarrollar una sensibilidad crítica y propia, capaz de dar forma a lo que piensan, sienten y observan, y de entender qué decir con las imágenes y desde dónde decirlo.

Me gusta abrir los talleres pensando en voz alta y dejando resonar esta pregunta: ¿para qué voy a hacer esta imagen?

Cinco. Entre tus trabajos catalogados en tu sitio web (bio.site/leoblas) de artísticos, se encuentra la serie de fotografías digitales titulada «Memorias del cuerpo» (2018): ¿de cuántas fotos consta?

Memorias del cuerpo es un proyecto al que le tengo un especial afecto. Se trata de una serie concebida como una cartografía íntima de historias de mujeres.  Es un archivo amplio, que se reconfigura según el contexto de exhibición y los diálogos que cada instancia propone.

A través de este trabajo no solo me acerco a cada una de las personas retratadas para indagar en su relación con el cuerpo, sino que también se abre un proceso de autodescubrimiento personal.

La serie ha tenido un recorrido amplio: en 2018 obtuvo el segundo puesto en el Premio Hippolyte Bayard; a partir de allí fue parte del Catálogo EOS, se expuso en Portugal, España y Alemania, y forma parte de colecciones privadas.

Seis. Ahora quiero preguntarte sobre una de las fotos de esa serie, la que pertenece a la colección Mendonca, y que es el motivo de esta charla: ¿tiene un nombre específico además del nombre de la serie, cómo se la identifica con respecto a las otras, y qué buscabas con ese lomo curvo y vertebrado medio oscuro y sci-fi?

Ninguna de las fotografías de la serie tiene un título específico. Prefiero no nombrarlas de forma individual porque siento que eso podría cerrar o limitar el campo de lecturas posibles que las imágenes habilitan en quien las mira. Me interesa que cada fotografía quede abierta, disponible, casi como un territorio de proyección.


No buscaba una sola interpretación. Más bien me interesa ahondar en lo que detona. Me resulta mucho más potente escuchar las asociaciones, incomodidades o lecturas que aparecen en el espectador o la espectadora frente a esa imagen, porque ahí es donde la fotografía realmente se completa: en esa zona donde deja de ser solo mi intención y pasa a ser experiencia de quien la mira.

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