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jueves, junio 11, 2026

Entre conocimiento y producción: el desafío de la ganadería paraguaya

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Paraguay celebra, con justa razón, su éxito ganadero. Exportamos carne de calidad, accedemos a mercados exigentes y sostenemos una reputación sanitaria envidiable. La pregunta incómoda no es si ese logro es real, sino si es suficiente para llamarlo desarrollo. Por: Arnaldo Decoud Aranda, MSc., PhD. Vicerrector, Universidad Rural del Paraguay, miembro titular del CONES y el CONACYT.

La respuesta exige distinguir entre crecimiento y transformación productiva. Adam Smith explicó que la riqueza nace de la especialización; David Ricardo, que los países prosperan cuando explotan sus ventajas comparativas. Paraguay ha seguido ambas lecciones con resultados visibles. Lo que no ha hecho es completar la ecuación: sin un sistema robusto de generación y transferencia de conocimiento, la especialización produce islas de excelencia rodeadas de un océano de limitaciones técnicas. La competitividad queda concentrada en unos pocos eslabones de la cadena y el resto del sistema opera por debajo de su potencial.

Durante años se asumió que el principal cuello de botella era el financiamiento. Las herramientas impulsadas por la AFD y el rol del Crédito Agrícola de Habilitación han demostrado que el acceso al capital, siendo necesario, no es suficiente. Sin conocimiento aplicado, el crédito pierde eficiencia, la inversión no se convierte en productividad y la brecha entre los establecimientos tecnificados y el productor promedio se ensancha en lugar de cerrarse.

El protagonista ausente de esta ecuación es la universidad. Paraguay arrastra una debilidad estructural en la articulación entre academia y producción. El conocimiento se genera, aunque no siempre se transfiere; se enseña, aunque no siempre se aplica; se investiga, aunque rara vez impacta en el campo. Aristóteles ya lo advertía: el saber que no orienta la acción es contemplación, no desarrollo. Mientras esa desconexión persista, el sistema seguirá distribuyendo sus ganancias de manera desigual.

El cambio de enfoque es claro. La universidad no puede limitarse a formar profesionales que egresan y desaparecen del circuito productivo. Debe convertirse en actor permanente del sistema: presente en las unidades productivas, acompañando decisiones, transfiriendo tecnología, construyendo conocimiento junto al productor. Los países que transformaron su sector agropecuario —Nueva Zelanda en lácteos, Uruguay en trazabilidad, Australia en genética— no lo hicieron solo con recursos naturales ni con créditos. Lo hicieron integrando ciencia, producción e inversión en un mismo sistema operativo.

Paraguay tiene hoy las piezas para avanzar en esa dirección: financiamiento que comienza a alinearse con el sector productivo, demanda internacional creciente y una base ganadera que ya demostró su capacidad competitiva. Lo que falta es el componente que multiplica todos los demás: un sistema académico plenamente involucrado en la transformación productiva del país.

Lo que está en juego trasciende la eficiencia del sector ganadero. Es la posibilidad de construir un modelo donde la competitividad no sea patrimonio de unos pocos, sino capacidad extendida a todo el sistema. El desafío del Paraguay es pasar de una ganadería basada en recursos naturales a una ganadería basada en conocimiento. Porque el desarrollo, en definitiva, no lo define la abundancia de lo que se tiene, sino la inteligencia con que se organiza.

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