Cada 25 de agosto, Paraguay conmemora el Día del Idioma Guaraní, la lengua indígena que se convirtió en la seña de identidad de una nación mestiza y que sigue siendo, para la mayoría de los paraguayos, la lengua de la casa y la crianza. Sostener esa vitalidad, sin embargo, no alcanza con homenajes de un día: requiere políticas públicas capaces de llevar al guaraní también a los espacios donde se toman las decisiones del país.
Cada 25 de agosto, Paraguay recuerda que en 1967 su Constitución reconoció al guaraní como lengua nacional. Veinticinco años después, la Carta Magna de 1992 fue más lejos: lo consagró como idioma oficial, junto al castellano, y ordenó su enseñanza obligatoria. Entre una fecha y otra hay algo más que un cambio de rango jurídico: hay el reconocimiento tardío de lo que el país ya era desde antes de tener nombre propio.
Los datos que cada año difunde el INE con motivo de esta fecha no deberían leerse como una curiosidad estadística, sino como una prueba de algo poco común en la región: una lengua indígena que no sobrevive en los márgenes ni se conserva como pieza de museo, sino que sigue siendo, para una parte mayoritaria de la población, la lengua de la casa, de la crianza y del afecto. Que casi tres de cada diez paraguayos hablen guaraní de forma exclusiva en su hogar, y que otros cuatro de cada diez lo combinen con el castellano, no es un dato menor en un continente donde la mayoría de las lenguas originarias retroceden generación tras generación hasta desaparecer.
Esa vitalidad, sin embargo, no es uniforme, y ahí está el verdadero desafío de política pública detrás de la celebración. El guaraní es mayoritario y exclusivo en San Pedro, en Concepción, en Caaguazú; es apenas audible como lengua única en Asunción, donde no llega al 5%. Esa brecha entre el campo y la ciudad no es folclore: describe con precisión quiénes acceden a qué oportunidades, en qué lengua se los educa, se los atiende en un hospital o se los juzga en un tribunal. Un idioma oficial que se debilita en los centros de decisión del país mientras se mantiene fuerte en las zonas menos favorecidas es también, de algún modo, un mapa de las desigualdades paraguayas.
Por eso la fecha debería servir para algo más que discursos. La Academia de la Lengua Guaraní, la Secretaría de Políticas Lingüísticas y la enseñanza bilingüe en las aulas no son gestos simbólicos: son la infraestructura mínima para que una lengua hablada por la mayoría del país siga teniendo, también, presencia en la vida institucional, en la administración pública, en la producción cultural y editorial. El guaraní ya ganó la calle y el hogar; lo que todavía le falta es ganar, con la misma naturalidad, los espacios donde se toman las decisiones.
Que una lengua de origen indígena se haya convertido en la seña de identidad de una nación mestiza es, como suele decirse cada 25 de agosto, motivo de orgullo. Pero el orgullo sin política pública sostenida es apenas un homenaje de un día. La mejor forma de honrar al guaraní no es recordarlo una vez al año, sino seguir invirtiendo, todos los años, en que siga siendo lo que hoy es: no una reliquia que se protege, sino una lengua que se vive.



