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viernes, septiembre 11, 2026

Ciento treinta y nueve años de doctrina y de obra

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Para el coloradismo, el 11 de setiembre es una fecha fundante. Ese día de 1887, con el país todavía marcado por la devastación de la Guerra Grande, el general Bernardino Caballero y un grupo de compatriotas dieron forma a la Asociación Nacional Republicana para reconstruir la nación arrasada y devolverle un porvenir. Ciento treinta y nueve años después, aquella vocación fundacional sigue siendo la clave para entender qué es el Partido Colorado y por qué continúa en el centro de la vida nacional.

Conviene detenerse en su doctrina, porque suele contarse mal. Se ha repetido que los dos partidos tradicionales del Paraguay nacieron del mismo tronco liberal, y en el caso colorado esa lectura no resiste el examen del texto fundacional. El Manifiesto de 1887 no invoca al individuo abstracto ni consagra la iniciativa privada como fundamento del orden. Habla, en cambio, de la «prosperidad y engrandecimiento de la patria», de una «labor común» y del «bienestar general de la comunidad». Su sujeto político es el pueblo entendido como comunidad, y su horizonte, un Estado activo. Los fundadores le asignaron a ese Estado tareas de fondo —el impulso de nuevas industrias, la construcción de ferrocarriles y telégrafos, el mejoramiento de la campaña «por medio de leyes sabias y protectoras»—. Desde su carta de nacimiento, el Partido Colorado fue el partido de la reconstrucción y la expansión del Estado nacional.

Esa doctrina tuvo, a lo largo del siglo XX, un fuerte correlato social. El coloradismo ganó la disputa por la representación de las mayorías. Fue el Partido Colorado el que de hecho encarnó al obrero, al campesino y a los sectores postergados, y el que llevó la cuestión social al centro del debate nacional cuando casi nadie más lo hacía.

Ese contenido social fue trabajado por generaciones de pensadores republicanos. Ya a comienzos del siglo XX, Ignacio A. Pane y Telémaco Silvera, entre otros, inscribieron la cuestión obrera y la justicia social en el corazón del ideario colorado, frente a la idea de un Estado reducido a simple árbitro de conflictos privados. Esa línea encontró su expresión más acabada en Juan Natalicio González, el pensador colorado más influyente de su siglo, que condensó la doctrina en una fórmula todavía viva: el Estado servidor del hombre libre. Su idea era la de un Estado fuerte al servicio de la libertad concreta del paraguayo. La Declaración de Principios de 1947 reafirmó esa matriz, al entender la libertad no como una abstracción sino con justicia social, y años más tarde Luis María Argaña volvería sobre la misma raíz al hablar de libertad con justicia social.

Pero una doctrina también se mide por lo que produce, y en ese terreno el coloradismo puede hablar sin complejos. Las reformas iniciadas en 2003, con Nicanor Duarte Frutos, son la piedra basal del Paraguay económico contemporáneo. Tras el derrumbe financiero de 2002, aquel gobierno reordenó las finanzas públicas, saneó el sistema de jubilaciones, recompuso la relación con los organismos internacionales y le devolvió credibilidad a un Estado quebrado. Sobre esos cimientos se levantó todo lo demás, y desde entonces los indicadores del país mejoraron de manera sostenida.

La línea tuvo continuidad. La Ley de Responsabilidad Fiscal de 2013, en el gobierno de Horacio Cartes, fijó un límite prudente al déficit y se convirtió en el ancla de la disciplina macroeconómica que Paraguay exhibe hasta hoy; a ella se sumaron el marco de alianza público-privada y el regreso a los mercados internacionales para financiar infraestructura. Con Mario Abdo Benítez se inició el Corredor Bioceánico, la mayor apuesta logística de nuestra historia, y se colocó en el centro de la agenda la revisión del Anexo C de Itaipú.

Los resultados de ese camino están a la vista. En julio de 2024, bajo la presidencia de Santiago Peña, Paraguay alcanzó por primera vez el grado de inversión que otorga la calificadora Moody’s, e ingresó al selecto grupo regional que integran países como Chile, Uruguay, México y Perú. La economía crece por encima del promedio de la década —un 6,6% en 2025—, con inflación baja y cuentas ordenadas. El Corredor Bioceánico, con una inversión cercana a los mil doscientos millones de dólares, avanza a paso firme para conectar el Chaco con el Pacífico. Y el programa Hambre Cero se propuso llevar el almuerzo a más de un millón trescientos mil niños en edad escolar: el Estado servidor del hombre libre del que hablaba Natalicio.

Nada de esto se sostiene con relatos color de rosa, y el coloradismo tiene sus luces y sus sombras, como cualquier fuerza que gobierna de verdad. Pero los números son tercos, y desmienten a los agoreros de la catástrofe que anuncian, un día sí y otro también, un derrumbe que no llega. Guste o no, es el coloradismo el que aparece como protagonista de lo mejor del Paraguay de estos tiempos: la estabilidad, el crecimiento, la obra pública, el regreso del país a la conversación regional.

Que estos ciento treinta y nueve años sirvan, entonces, para reconocer una línea de coherencia que va del Manifiesto de 1887 al Estado servidor del hombre libre, y de las reformas de 2003 al presente. La República que imaginaron Caballero y los suyos no es una obra terminada; cada generación la recibe inacabada y debe hacerla suya sin traicionar su espíritu. A esa tarea debería seguir entregada la Asociación Nacional Republicana. Mientras el partido siga fiel a su doctrina, el pueblo le seguirá siendo fiel, como lo viene siendo desde hace más de un siglo.

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