El uruguayo Juan de Ibarburu comenta una anécdota que vivió en la ciudad de Durban, en la lejana Sudáfrica, sobre el mariscal López.
Meses antes del mundial de fútbol de Sudáfrica 2010, tuve la oportunidad de viajar a este país para realizar algunos negocios relacionados con mi rubro. Fue allá por febrero de ese mismo año de la Copa del Mundo.
Como el ambiente ya era bastante festivo porque Sudáfrica se encontraba en la previa al evento deportivo, como ya señalé. Los preparativos eran intensos en cada una de las ciudades más importantes del país.
Visité Johannesburgo, por breve tiempo Ciudad del Cabo (en donde padecí cortes en el suministro de agua, ya en aquel entonces); también pasé por algunas reservas turísticas del interior profundo de Sudáfrica y no tuve la suerte de llegar hasta la capital Pretoria. En cambio, en donde permanecí por mayor tiempo, por los motivos de mis negocios particulares, fue en la ciudad de Durban.
Me hospedé en una famosa cadena hotelera de Durban y al finalizar mi trabajo, me quedaron unos días libres que los utilicé para recorrer a la bonita ciudad con su playa, bastante fría, en las costas del océano Índico. Vi competencias de surfeo, jóvenes de todos los colores haciendo cosas de jóvenes, una bonita experiencia realmente.
Durante mi recorrido, me metí en un lugar que se llamaba «Durban Marina». Era un gran puerto en donde atracaban los barcos y yates, con gente linda y cosmopolita de diferentes países y también muchos sudafricanos, predominantemente de raza blanca (no olvidemos que Sudáfrica es la tierra de Nelson Mandela, país en donde, hasta hace poco tiempo, regían las leyes racistas del «Apartheid»).
Como sudamericano de piel criolla, yo pasaba bastante desapercibido en «Durban Marina». Lo cierto es que allí había varios «pubs», al estilo inglés. En uno de ellos, del que lastimosamente no recuerdo el nombre, pero era algo parecido a «La Ballena» en lengua afrikáner (el dialecto de los blancos sudafricanos), ingresé porque era el más grande y el más ordenado según mi simple vista.
La habitual barra, con televisiones de la época (no había aun los celulares inteligentes ni las TV LED como hoy en día), con cerveza y manijas. Comida marítima, pero al estilo europeo; bellas mujeres y acaudalados varones reían y conversaban, bien vestidos, aunque con algún toque de ligereza. Realmente, era un lugar bello y no se si hoy sigue existiendo.
Me atendió un señor sumamente apuesto y cordial. Era sudafricano, blanco, aproximadamente sesenta años, se mantenía delgado y alto, aunque tenía algo de pancita cervecera; ojos azules y cabellos grises. Parecía un militar retirado, tal vez un almirante. Me dijo que se llamaba Jan Piestra o algo así (perdón por mi mala memoria, todo lo que estoy relatando aquí viene del baúl de mis recuerdos más recónditos). Ordené algún plato típico marítimo con un jugo especial, lo comí con mucho placer y luego pedí la cuenta.
El señor Jan me preguntó, muy curioso, de donde venía y le contesté que había nacido en el Uruguay pero que hacía breve tiempo que me establecí en el Paraguay. Hablábamos en inglés, obvio, y mi acento me delataba.
Entonces, se le encendieron los ojos al señor Jan y me dijo algo así como «ah, Uruguay, qué bueno. ¿Tiene Ud. dinero?» y me hizo el gesto habitual con las manos que, por alguna razón, de manera universal representa al billete. Me sorprendió esa pregunta extraña y pensé que estaría suponiendo que yo era un simple y vulgar «sudaca» que estaba allí para hacerle perder el tiempo. Con algo de orgullo herido le contesté más o menos que «alguna cosa tendré, señor». Pensé que pasé desapercibido, pero no fue así, alguna cosa en mi «aura» hizo que el señor Jan detecte fácilmente mi origen «sudaca».
Pero Jan hizo un gesto con la mano y respondió a su vez que «no me refiero a dinero sudafricano sino dinero uruguayo». Me quedé más sorprendido. Entonces, el señor Jan empezó a reír y me explicó: «es que yo poseo una colección de billetes de todos los países del mundo y Ud. es el primer uruguayo que viene por aquí; soy el dueño de este lugar».
Me levanté y le pasé la mano, le pedí disculpas por ser un tonto malpensado y le dije que su pub o restaurante era muy bonito, con gente muy linda. Entonces, Jan me señaló algo así como que «arriba, en el segundo piso, tengo mi colección de billetes». Subimos, (después de pagarle, por supuesto); era una zona algo más V.I.P. pero no había mucha diferencia, la gente seguía comiendo y riendo muy alegremente. Luego, en una especie de mirador, con ladrillos vistos de color marrón, había varios cuadros con billetes de diferentes países del mundo. Algunas personas pasaban, observaban, señalaban su país, sonreían, y se iban. Yo hice lo mismo: busqué para ver si encontraba un cuadro con un billete del Uruguay, pero lastimosamente, nada había.
En ese momento, el señor Jan me dirigió la palabra y yo ya entendí perfectamente lo que iba a decirme. «¿Tiene Ud. algún billete uruguayo para regalarme y para ponerlo aquí, en mi colección?». Con todo el dolor del universo, le contesté que no…
«No importa», dijo Jan. «Ya llegará otro uruguayo».
Entonces, me tomé el tiempo para contemplar con más detenimiento a su interesantísima colección de billetes. Vi un par de «australes» y «pesos» argentinos, con los rostros del general Manuel Belgrano y del general Justo José de Urquiza (según recuerdo). Vi también algunos «cruzeiros» y «reales» de Brasil, con imágenes que me parece eran de poetas o músicos famosos de ese gran país sudamericano. También había de Perú, de Colombia, de México y por supuesto, de varios países europeos, de EE. UU., de naciones asiáticas, etcétera.
Antes de bajar para retirarme, volví a mirar con más atención y me di cuenta de que, en un lugar especial, algo escondido a la simple vista, pero prominente, aparecía un rostro que era familiar para mí. ¡Era el mariscal Francisco Solano López!
En una especie de recuadro aparecía el billete, resguardado al estilo de un coleccionista de este tipo de cosas. Me quedé contemplándolo un buen tiempo y el señor Jan me dice: «¿conoce este billete?». Le contesté que sí, que yo vivía en el Paraguay hacía unos años. Entonces, él se acercó hasta ese recuadro, lo tomó y me lo pasó.
Al lado del clásico billete de mil guaraníes (que hoy ya no se ve más), había un comentario que decía, en inglés, que estaba en excelente estado de conservación, que fue acuñado con muy buena técnica y que era una pieza valiosa.
Luego, más abajo, decía algo así como que «en el reverso aparece el Panteón Nacional de los Héroes, un edificio histórico de Asunción, capital del Paraguay».
Y en la parte principal del recuadro del coleccionista, un texto, en letra chica, que, si mal no recuerdo, decía (apelo enteramente a mi memoria):
«Francisco Solano López. Nació en Asunción del Paraguay en 1827. Fue militar, diplomático y presidente de la República del Paraguay. Es uno de los personajes sudamericanos más famosos, conocido por su relación con la célebre británica Elisa A. Lynch, la mujer más codiciada de Sudamérica, y por haber dirigido a su país durante la Guerra del Paraguay en los años 1864 – 1870, en la que luchó contra una alianza de los países vecinos (Argentina, Brasil y Uruguay). Alcanzado por un escuadrón enemigo, rehusó rendirse y fue muerto en el postrer combate, en el arroyo Aquidabán Nigüi. Es considerado como el máximo héroe de la República del Paraguay».
«Sociedad de coleccionistas de Sudáfrica» (o algo por el estilo).
No voy a negar que, siendo uruguayo y todo, se me subieron las lágrimas a los ojos.
Volteé hacia el señor Jan y le pregunté lo obvio. Me contestó que «este billete me lo regaló un joven paraguayo, hace un par de años; me dijo que estaba en Sudáfrica haciendo alguna especie de curso o estudio, y que solamente entró a este pub para conocer porque no tenía dinero para comprar nada», y sonrió.
Luego continuó diciéndome que «yo le dije a ese joven paraguayo que eso no era importante, le pregunté si tenía algún billete del Paraguay, me dijo que no pero que iba a fijarse en su hotel». El señor Jan siguió relatándome que pensó que ya no volvería ese joven paraguayo, pero, para su sorpresa, horas después apareció y le saludó con mucha alegría diciéndole que «tengo este único billete, de mil guaraníes, no vale mucho, pero a Ud. le va a servir». Terminó de comentarme Jan que ese fue uno de los días más felices para él y que fue la última vez que vio llegar a un paraguayo en su pub.
«Tuviste muchísima suerte», le comenté.
«De verdad que sí, aparte, creo que es el billete más valioso de mi colección», añadió.
«Sin duda», fue mi última frase antes de despedirnos.
Y así fue como descubrí que, en un encopetado pub de Sudáfrica, en «Durban Marina», en un recuadro de lujo nivel coleccionista colgado de una pared, está el magnífico y glorioso rostro del mariscal don Francisco Solano López, en un billete de mil guaraníes, que un joven paraguayo regaló a este tal señor Jan hace muchos años atrás.
Mi memoria falla, seguramente, en numerosos detalles y lo único que les quedará es confiar en mi palabra. Pero si algún día viajan a la ciudad de Durban, en Sudáfrica, y por casualidad se meten en «Durban Marina», busquen a ese pub (si es que sigue existiendo) y encuéntrense con el máximo héroe del Paraguay, en el lugar más inesperado del mundo.



