En plena Guerra contra la Triple Alianza, un puñado de defensores paraguayos rechazó en Curupayty, el 22 de septiembre de 1866, a un ejército muy superior en número. A 160 años de aquella jornada, sigue siendo la victoria más contundente de las armas paraguayas y una de las gestas que mejor expresan de qué fue capaz este pueblo cuando estuvo en juego su existencia. Vale la pena volver sobre ella y reivindicar la dimensión de lo que allí se logró.
Cada 22 de septiembre el Paraguay deja pasar, casi en silencio, una fecha que debería ocupar un lugar central en su calendario cívico. Aquel día de 1866, en las trincheras de Curupayty, un ejército muy inferior en número le propinó a la Triple Alianza la derrota más severa de toda la guerra, y lo hizo con una contundencia que todavía asombra a quien se detiene a estudiar los detalles. Que una gesta semejante no forme parte del orgullo cotidiano de los paraguayos es, en sí mismo, motivo de reflexión, y por eso conviene volver sobre ella cada vez que el almanaque nos ofrece la ocasión.
Para dimensionar lo ocurrido hay que recordar el momento por el que atravesaba el país. Los aliados avanzaban sobre el complejo defensivo de Humaitá con la certeza de una superioridad que parecía definitiva, y tras tomar Curuzú pusieron su mirada en Curupayty, la posición que resguardaba el acceso fluvial al corazón de la resistencia. Los preparativos de la defensa estuvieron a cargo del general José Eduvigis Díaz, que contó con el trabajo de ingenieros como el británico George Thompson para trazar un sistema de fosos, estacadas y líneas de fuego cruzado que aprovechaba cada pliegue del terreno. Cuando en la mañana del asalto la escuadra imperial del almirante Tamandaré abrió su bombardeo, confiada en que desarticularía las defensas antes del ataque terrestre, las lluvias de los días previos ya habían convertido el campo en un lodazal, y el cañoneo se perdió sin causar el daño previsto.
Lo que siguió fue una de las jornadas más desiguales de la historia militar del continente. Cerca de dieciocho mil hombres, entre argentinos y brasileños, marcharon en formaciones cerradas contra las trincheras, y una y otra vez quedaron detenidos en el barro, frente a las lagunas y los malezales, batidos por un puñado de defensores a los que ni siquiera lograban alcanzar. El general Mitre, que comandaba la operación persuadido de que la superioridad numérica bastaría para arrollar la posición, envió a sus columnas a un sacrificio que se prolongó durante horas hasta que, ya entrada la tarde, no le quedó más remedio que ordenar la retirada. Para entonces el terreno frente a Curupayty había quedado cubierto de miles de muertos y heridos aliados, mientras que las bajas paraguayas apenas alcanzaron a noventa y dos hombres, una desproporción que por sí sola explica por qué esta batalla ocupa un sitio aparte en nuestra historia.
El golpe fue de tal magnitud que sus efectos trascendieron largamente lo militar. La derrota alcanzó incluso a las cúpulas del bando aliado, que perdieron en aquel fango a hijos de su propia dirigencia política, y quebró de tal modo el prestigio de Mitre que este debió dejar poco después la conducción de la guerra en manos del Imperio del Brasil. La ofensiva, que hasta entonces parecía irresistible, quedó paralizada durante casi un año, y ese respiro le concedió al Paraguay un tiempo valioso para reorganizar su defensa. No hay exageración alguna en afirmar que se trató de la mayor victoria que alcanzaron nuestras armas en aquella contienda en la que una nación pequeña se enfrentó, prácticamente en soledad, a la coalición de tres.
Cuesta explicar por qué un episodio de semejante relieve ocupa un lugar tan modesto en nuestra memoria colectiva, hasta que se recuerda que la crónica de aquella guerra fue escrita durante mucho tiempo por los vencedores, poco dispuestos a difundir el relato de su peor humillación. Lo preocupante es que esa omisión ajena haya terminado por instalarse también entre nosotros, como si hubiésemos aceptado mirar nuestra propia historia con la indiferencia o el pudor que el adversario nos legó. Cada generación que crece sin conocer lo que sus mayores fueron capaces de sostener en aquellas trincheras es una generación más frágil, más expuesta a creer que nada valioso hubo detrás suyo y que nada valioso le corresponde defender.
En esa convicción se apoya el sentido de recordar Curupayty, y de hacerlo sin las prevenciones que hoy suelen rodear a toda evocación patriótica. No se trata de reavivar rencores contra pueblos hermanos con los que compartimos vecindad y porvenir, sino de tener presente que la tierra que habitamos fue defendida a un costo altísimo por hombres que ofrendaron su vida para que este país conservara su independencia y su fisonomía. Un pueblo que se acostumbra a mirar con desapego el sacrificio de quienes lo precedieron va perdiendo, casi sin advertirlo, aquello que lo sostiene en las horas adversas. Devolverle a Curupayty el lugar que le corresponde en nuestra conciencia histórica, y transmitir a los más jóvenes la memoria de quienes allí combatieron, es la manera más digna de asegurar que aquella victoria siga enseñándonos, ciento sesenta años después, de qué somos capaces cuando resolvemos no rendirnos.



