La narrativa del desastre sufre una dura derrota ante el tribunal inapelable de la realidad. Ese muro de datos y resultados frente al cual se desvanecen los espejismos, las mentiras y las maquinaciones de una oposición sin proyecto, sin programa y sin rumbo. Paraguay crece, y crece bien. Mientras en gran parte del mundo la economía se estanca, el país avanza con una firmeza que incomoda a quienes solo prosperan cuando todo va mal.
El Fondo Monetario Internacional estima para 2025 un crecimiento global de apenas 3,2% y una media latinoamericana inferior al 2,5%, en tanto el Banco Central del Paraguay proyecta 5,3% de crecimiento para el país, con meses que rozan el 6% interanual, el mayor crecimiento de toda la región. El déficit fiscal converge hacia el 2,6% del PIB, y el resultado acumulado a julio es de solo 0,5%, reflejo de una gestión que equilibra inversión social y disciplina presupuestaria.
La inflación se mantiene dentro del rango meta (4,3%), el tipo de cambio estable, la deuda pública bajo el 40% del PIB y la confianza del sector privado en ascenso. No hay improvisación: hay gobierno, método y una política económica que entiende que la responsabilidad no es enemiga del desarrollo, sino su condición.
El presidente Santiago Peña gobierna con una brújula clara. No llegó a improvisar discursos: llegó a aplicar conocimiento, a ordenar y a proyectar al Paraguay en el mundo. Su administración recuperó la autoridad técnica y moral del Estado, y lo hizo sin retórica vacía ni populismo. El mérito no está solo en mantener la estabilidad, sino en respetar nuevamente la Ley de Responsabilidad Fiscal, consolidando una senda de convergencia hacia el equilibrio que otros países de la región miran con asombro. En lugar de manipular los números, este gobierno decidió corregirlos. En lugar de inventar excusas, decidió gobernar con resultados.
El ministro Carlos Fernández Valdovinos lidera un proceso profundo de optimización del Estado que explica buena parte del auge actual. Bajo su dirección, el Ministerio de Economía y Finanzas modernizó el Sistema Integrado de Administración Financiera, conectando a todos los organismos públicos y transparentando el uso del dinero de los contribuyentes. La recaudación tributaria aumentó más de 9% interanual sin subir impuestos, sino gracias a la eficiencia: digitalización, interoperabilidad, combate a la evasión y control efectivo de las aduanas.
Se consolidó también la plataforma de compras públicas, reduciendo sobrecostos y fugas en el gasto. Esta es la diferencia entre un gobierno que planifica y uno que improvisa: donde antes había opacidad, hoy hay trazabilidad; donde antes se derrochaba, hoy se optimiza.
A la prudencia fiscal se suma el impulso social que da vida a la economía real. Programas como Hambre Cero en Nuestras Escuelas, reglamentado por el Decreto 1584/2024, y Che Róga Porã, con su régimen especial de IVA para acceso a vivienda, se convirtieron en motores de la economía interna. Hambre Cero dinamiza a cooperativas y productores locales, moviliza la logística y fortalece la asistencia escolar. Che Róga Porã revitaliza la construcción, el empleo formal y la demanda de materiales, creando un efecto multiplicador que llega a las familias. Son políticas inteligentes, que combinan inclusión y sostenibilidad.
El propio ABC Color, en su editorial del 18 de octubre, reconoció con justicia el auge del consumo interno, desmintiendo la “teoría de la heladera vacía” repetida por analistas de cotillón y economistas de sobremesa, incapaces de leer la realidad más allá de sus prejuicios. Hoy, el comercio y los servicios crecen más del 6%, la construcción se expande casi al 8%, el crédito al consumo supera el 20% y el sector energético aporta un salto de dos dígitos gracias al repunte de Itaipú y Yacyretá. La economía paraguaya se diversifica, se fortalece y se democratiza, porque sus motores ya no dependen solo del agro, sino del trabajo y del consumo de su propia gente.
Nada de esto significa que Paraguay haya resuelto sus problemas estructurales. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí significa que el país tiene un norte, un proyecto económico y político que debe ser defendido de los enemigos internos del modelo que el Partido Colorado construyó con perseverancia desde 2003. Aquel modelo que combinó apertura, inversión y estabilidad, que dio previsibilidad al inversionista, crédito al productor, trabajo al ciudadano y equilibrio a las finanzas públicas.
Ese modelo que hoy da frutos, pese a los intentos de la oposición de reducirlo a consignas vacías o demonizarlo desde la impotencia de no poder superarlo.
El crecimiento paraguayo no es una casualidad: es la victoria de la racionalidad sobre la demagogia, del orden sobre la consigna, de la gestión sobre la crítica vacía. La oposición, sin ideas ni alternativas, se aferra a un relato de crisis que la realidad desmiente todos los días.
Mientras otros países caen en la tentación del gasto sin control o en el resentimiento ideológico, Paraguay confirma que se puede crecer con disciplina y justicia, con inversión social y estabilidad fiscal, con gobierno y visión.
Este momento de expansión y de confianza es el logro de un equipo nacional con conducción clara y visión estratégica, que ha sabido demostrar que el desarrollo no se promete: se planifica, se ejecuta y se defiende.



