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viernes, junio 5, 2026

El paraguayo no sabe manejar: la frase incómoda detrás de una emergencia vial

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El Congreso plantea declarar emergencia nacional en seguridad vial. La frase más dura quizás sea también la más necesaria: el paraguayo no sabe manejar. No por incapacidad ni por mala voluntad, sino porque durante años el Estado entregó registros sin formación real y las calles nunca le enseñaron a conducir.

 

 

Decir que “el paraguayo no sabe manejar” suena injusto, exagerado y hasta provocador. Pero tal vez por eso mismo sirve para abrir una discusión que Paraguay viene esquivando hace demasiado tiempo. La seguridad vial no se resuelve con sermones después de cada tragedia, sino entendiendo por qué miles de personas salen todos los días a calles y rutas sin haber sido verdaderamente preparadas para conducir.

El dato que mencionó el presidente del Congreso Bachi Núñez —cuatro fallecidos por día— resume una realidad que ya no puede tratarse como una suma de accidentes aislados. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud advierte que los siniestros viales causan alrededor de 1,19 millones de muertes al año y son la principal causa de muerte entre personas de 5 a 29 años. También insiste en que la infraestructura, la velocidad, el uso de casco, cinturón y controles eficaces son factores decisivos para reducir muertes.  

El problema paraguayo no es de inteligencia ni de carácter. El paraguayo no maneja mal porque sea menos capaz. Tampoco porque sea naturalmente agresivo. En la vida cotidiana, el paraguayo suele ser cordial, solidario, paciente en muchos ámbitos. El punto es otro: nadie le enseñó en serio. Y cuando un país entrega licencias de conducir con exámenes débiles, trámites municipales poco exigentes y escasa fiscalización posterior, no está habilitando conductores; está legalizando improvisaciones.

El primer gran agujero está en el registro. En países con sistemas viales más ordenados, obtener una licencia implica teoría, práctica, evaluación real, conocimiento de normas, maniobras, prioridades, señales y convivencia con peatones, ciclistas y motociclistas. En Paraguay el registro se siente más como un trámite administrativo que como una prueba de competencia. Si la puerta de entrada al volante es blanda, el resultado aparece después en la calle.

El segundo problema está en la propia calle. Una vía bien diseñada enseña. Una señal clara ordena. Una franja peatonal visible recuerda una prioridad. Un cartel de pare bien ubicado evita interpretaciones. Una calle preferencial marcada reduce dudas. El conductor no debería tener que adivinar cómo moverse: la ciudad debería guiarlo. Y fuera de algunas zonas más cuidadas y puntos turísticos, basta recorrer barrios de Asunción, Luque, San Lorenzo, Capiatá y ciudades del interior para ver cuánto se conduce por costumbre, memoria o intuición antes que por información vial disponible.

Ahí aparece el núcleo del problema. No alcanza con culpar al conductor si el sistema entero lo formó mal y después lo suelta en calles mal señalizadas. La responsabilidad individual existe, por supuesto. Hay imprudencia, exceso de velocidad, alcohol, uso del celular y motociclistas sin casco. Pero también hay una responsabilidad institucional previa: municipios que otorgan licencias sin rigor, autoridades que fiscalizan de forma irregular, calles sin pintura, cruces sin lógica y rutas donde el error humano tiene demasiadas oportunidades para convertirse en muerte.

Por eso una emergencia nacional en seguridad vial tendría sentido solo si va más allá del anuncio. Debe revisar cómo se entregan los registros, unificar criterios, exigir exámenes reales, profesionalizar la educación vial, ordenar señalizaciones y convertir a las calles en espacios legibles. La seguridad vial no empieza cuando ocurre el choque. Empieza mucho antes, cuando alguien aprende —o no aprende— a conducir.

El paraguayo no sabe manejar porque el Estado nunca terminó de enseñarle. Esa es la frase incómoda. Y también la más útil. Porque si el problema fuera simplemente cultural, no habría mucho que hacer.

Pero si el problema es de formación, control e infraestructura, entonces hay una salida concreta: dejar de regalar registros, señalizar en serio y construir calles que eduquen antes de castigar.

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