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jueves, junio 11, 2026

Cuántos mundiales me quedan

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Todo futbolero, cuando se acerca un mundial, se pregunta lo mismo: quién va a salir campeón. Pero algunos, en voz más baja, se hacen otra pregunta que no se animan a decir en la mesa del café: ¿cuántos mundiales me quedan por ver?

Por Eusebio Giménez


La cuenta es simple y un poco cruel. Si llego a viejo, me restan doce o trece. Si la suerte no acompaña, capaz que ocho. Y de golpe ese torneo que parecía eterno, que volvía cada cuatro años como las estaciones, se transforma en una manera de medir la propia vida en cuotas.

No hace falta ser filósofo para entenderlo. El hincha llegó a esa idea antes que cualquier pensador, y la llegó silbando. Cada mundial es un pedacito de vida con principio y final: ilusión, sorteo, fase de grupos, alegría o cachetazo. Es como la existencia entera metida en un mes, con la ventaja de que uno sabe la fecha exacta en que se define todo.

Para el paraguayo, esta cuenta tiene su propia historia. Paraguay es país fundador de los mundiales: estuvo en el primero, Uruguay 1930, y volvió en 1950 y 1958. Pero para casi todos los que hoy hacemos la cuenta hacia atrás, todo empezó en México 1986, cuando la Albirroja regresó después de 28 años de ausencia y un país entero volvió a sentirse parte del mundo. Después vino la época dorada: de Francia 1998 a Sudáfrica 2010, cuatro mundiales seguidos, uno atrás del otro, como cuatro veranos felices que uno vive sin darse cuenta de que está viviendo lo mejor. Chilavert pateando tiros libres como si discutiera con Dios de igual a igual. Y el momento más alto de todos: los cuartos de final de 2010, cuando estuvimos a un solo partido de algo nunca visto.

Y después, dieciséis años de nada. Tres mundiales mirados desde el sillón, sin los nuestros adentro. Tres cuotas perdidas. El que tenía cincuenta en Sudáfrica hoy tiene sesenta y seis, y se pasó la mejor parte de su madurez sin ver a Paraguay en la fiesta. Esos años no se sintieron como cuatro torneos en el calendario: se sintieron como una eternidad.

Por eso volver en 2026 tiene algo de milagro. No por lo que diga la tabla, sino por lo que nos devuelve a cada uno: una cuota recuperada, un mundial que vuelve a la cuenta de las cosas lindas. Ese momento en que una ciudad entera grita el mismo gol al mismo tiempo, y deja de ser un montón de personas solas para ser una sola cosa, es —sin que nadie lo piense así— una pequeña victoria sobre la muerte. Durante noventa minutos nadie cuenta cuántos le quedan.

La trampa es que dura lo que dura. Después vuelve el reloj. Pero ahí está la gracia. Un mundial que no terminara nunca sería insoportable. Lo que lo hace sagrado es justamente eso: que se acaba, y que vuelve. Igual que nosotros, que nos vamos de a uno, pero seguimos en los que vienen detrás gritando el gol que ya no vamos a ver.

Así que la pregunta —cuántos me quedan— tiene una respuesta tramposa y consoladora: los suficientes, si cada uno se vive como si fuera el último. Que, mirándolo bien, es la única forma decente de vivir cualquier cosa. En 2026 vamos a volver a contar, a sufrir y a creer. Y si la cuenta sale corta, habrá valido la pena lo mismo. Como decía el viejo de la tribuna, que de estas cosas sabía sin haber leído a ningún filósofo: total, peor es no estar.

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