Un periodista instaló que Matías Galarza atravesaba un bajón anímico relacionado con su situación en River Plate. Horas después tuvo que aclarar que todo había surgido de una mala interpretación. El problema es que para entonces miles de paraguayos ya habían leído la versión, comentado la historia y atacado al jugador. Y eso abre una pregunta incómoda para parte del periodismo deportivo nacional.
La información fue difundida por el periodista Daniel Maciel, quien aseguró que el mediocampista atravesaba un bajón anímico relacionado con su situación en River Plate y que incluso “no quería jugar”. La versión recorrió programas, portales, grupos de WhatsApp y redes sociales en cuestión de horas.
Lo que vino después era completamente previsible. Muchos hinchas comenzaron a cuestionar a Galarza, otros directamente lo insultaron y algunos pusieron en duda su compromiso con la Selección. Todo esto mientras Paraguay prepara un partido decisivo en una Copa del Mundo.
Horas más tarde, el propio Daniel Maciel salió a aclarar públicamente que la información había surgido de una mala interpretación de una fuente. El problema es que para entonces miles de paraguayos ya habían consumido la versión original y reaccionado en consecuencia. Y ahí aparece la verdadera discusión.
No estamos hablando de una lesión mal informada, que también podría ser debatible, o de una alineación equivocada. Estamos hablando de instalar públicamente que un jugador de la Selección tenía problemas emocionales en plena competencia mundialista. Una afirmación de enorme impacto que terminó siendo falsa.
Lo preocupante no es solamente el error del periodista. Todos los periodistas pueden equivocarse. Lo preocupante es que una información tan sensible haya llegado al debate público sin un nivel de verificación acorde a las consecuencias que podía generar. Porque una vez que el rumor sale al aire, los periodistas saben muy bien que los insultos, las acusaciones y la presión sobre el jugador ya no se pueden “despublicar”.
Pero incluso suponiendo que la información hubiera sido cierta, la pregunta seguiría siendo válida. Si un periodista paraguayo consigue información privilegiada sobre el estado emocional de un jugador a horas de un partido que todo un país espera con ilusión, ¿qué aporta exactamente publicarla en ese momento? ¿La prioridad es informar, o tener la primicia? ¿Vale la pena generar más ruido, más presión y más inestabilidad alrededor de una selección que intenta recuperarse, solo para ganar rating, interacciones o algunos minutos de ventaja sobre la competencia? Se habla mucho de la garra guaraní, del patriotismo y de representar al país. Hasta qué punto algunos sectores del propio periodismo deportivo terminan haciendo exactamente lo contrario: debilitando desde adentro aquello que después dicen defender.
La prensa deportiva debe investigar. Debe criticar. Debe cuestionar cuando corresponde. Ese es su trabajo. Pero también debería entender que una Selección en competencia no es un programa de chismes ni una fábrica de interacciones.
Daniel Maciel intento corregir la información, sin pedir disculpas. Matías Galarza tuvo que soportar las consecuencias. Y la Selección, una vez más, quedó atrapada en una polémica que nunca debió existir.
La pregunta a una parte del periodismo deportivo nacional sigue siendo la misma: están cubriendo a la Selección o están ayudando a crear los problemas que después pasan semanas comentando?



