Por Arnaldo Decoud Aranda, PhD
(Magister en Gestión de Agronegocios-UNA)
Vicerrector de la Universidad Rural del Paraguay
Vicepresidente de la Asociación Rural del Paraguay – Regional San Pedro
«La actividad agropecuaria es la profesión propia del sabio, la ocupación más adecuada, mas dulce y más digna para el hombre libre.» Marco Tulio Cicerón
Cada vez que el dólar modifica su cotización, el debate vuelve a instalarse en el sector agropecuario paraguayo. En los últimos días, diversos análisis han advertido que la apreciación del guaraní, sumada al incremento de los precios internacionales de los combustibles, fertilizantes y servicios logísticos, está reduciendo los márgenes de rentabilidad de nuestros productores.
El diagnóstico es correcto. Sin embargo, la coyuntura también nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre un aspecto más profundo: ¿es el dólar el verdadero problema del agro paraguayo o simplemente el síntoma de un desafío mucho mayor?
Hace más de dos mil años, Marco Tulio Cicerón reconocía en la agropecuaria la actividad más noble del ciudadano libre y uno de los pilares de la prosperidad de las naciones. Su visión trascendía la producción de alimentos; entendía que el campo era el fundamento de la estabilidad económica y social.
Muchos siglos después, Adam Smith revolucionó el pensamiento económico al sostener que la riqueza de las naciones no residía en la acumulación de dinero, sino en la capacidad de producir bienes y generar valor. Pocas actividades representan mejor esa idea que el agro paraguayo, cuya contribución al empleo, a las exportaciones y al ingreso de divisas continúa siendo determinante para el desarrollo del país.
Sin embargo, la economía del siglo XXI ha transformado profundamente las reglas de la competitividad.
Hoy el productor agropecuario ya no enfrenta únicamente la incertidumbre del clima. Debe desenvolverse en un entorno donde convergen la volatilidad cambiaria, las tasas de interés, las tensiones geopolíticas, el costo creciente de la energía, las restricciones logísticas y mercados internacionales cada vez más exigentes en materia de calidad, trazabilidad y sostenibilidad.
En ese escenario, el tipo de cambio constituye una variable importante, pero no la única ni necesariamente la más determinante.
Cuando el precio internacional del petróleo aumenta, se incrementan los costos de transporte y producción. Cuando los fertilizantes reflejan las tensiones del mercado global, toda la estructura de costos del establecimiento cambia. Cuando el dólar pierde valor frente al guaraní, el ingreso de los exportadores disminuye en moneda local.
Pero ninguna de esas variables depende de la voluntad del productor paraguayo.
Lo que sí depende de él es la capacidad para responder con inteligencia económica a ese contexto.
Michael Porter demostró que las naciones no construyen ventajas competitivas únicamente a partir de sus recursos naturales, sino mediante la capacidad de utilizarlos con mayor eficiencia que sus competidores.
Paraguay posee ventajas comparativas indiscutibles: recursos naturales abundantes, experiencia productiva, empresarios comprometidos y una larga tradición agropecuaria. No obstante, esas fortalezas ya no garantizan por sí mismas una posición competitiva sostenible.
La verdadera diferencia comienza a construirse cuando la gestión acompaña a la producción.
La planificación financiera, la administración del endeudamiento, la evaluación permanente de costos, la utilización de herramientas de cobertura de riesgos, la inteligencia de mercados y la incorporación de innovación tecnológica constituyen hoy factores tan relevantes como el rendimiento por hectárea o la productividad del rodeo.
En otras palabras, el productor moderno ya no compite únicamente por producir más. Compite por decidir mejor.
Esa realidad impacta a todo el sector, aunque no de la misma manera. Las empresas de mayor escala suelen contar con mayor acceso al financiamiento, asesoramiento especializado y herramientas para administrar la volatilidad de los mercados. En cambio, los pequeños y medianos productores enfrentan estos mismos riesgos con recursos mucho más limitados.
Para ellos, una variación desfavorable del tipo de cambio, un incremento en el precio de los fertilizantes o un aumento del costo de los combustibles puede comprometer no solo la rentabilidad de una campaña, sino la continuidad misma de su actividad productiva.
Por ello, cuando hablamos de competitividad no debemos pensar exclusivamente en las grandes cadenas exportadoras. También debemos considerar al pequeño productor agrícola y ganadero, cuya permanencia resulta indispensable para la economía rural, la seguridad alimentaria y el equilibrio social de numerosas comunidades del Paraguay.
La competitividad de un país no se mide únicamente por el desempeño de sus empresas más grandes, sino también por la capacidad de integrar a miles de pequeños productores a cadenas de valor cada vez más eficientes y sostenibles.
En ese contexto, el conocimiento adquiere una dimensión estratégica.
La agropecuaria contemporánea ha dejado de ser únicamente una actividad biológica para convertirse también en una actividad económica de alta complejidad. Comprender los mercados internacionales, interpretar indicadores económicos, administrar riesgos financieros, incorporar tecnologías digitales y responder a las crecientes exigencias ambientales constituye hoy parte inseparable del trabajo cotidiano del productor.
Como sostiene Michael Boehlje, uno de los principales referentes contemporáneos de la economía de los agronegocios, la ventaja competitiva de la agropecuaria moderna depende cada vez menos de la simple disponibilidad de recursos y cada vez más de la capacidad de gestión.
Quizás esa sea la principal enseñanza que nos deja el actual debate sobre el dólar.
Las fluctuaciones cambiarias continuarán formando parte de la realidad económica. Los precios internacionales seguirán respondiendo a factores que escapan al control del Paraguay. Las tensiones geopolíticas continuarán afectando los mercados y los costos de producción.
Esperar que la competitividad del agro dependa exclusivamente de condiciones externas favorables sería aceptar una vulnerabilidad permanente.
El verdadero desafío consiste en construir un sector agropecuario capaz de competir incluso en escenarios adversos.
Eso exige políticas públicas inteligentes, instituciones sólidas, investigación aplicada, innovación tecnológica, acceso al financiamiento, asistencia técnica y, sobre todo, una inversión permanente en el desarrollo del capital humano.
Hace más de dos mil años, Cicerón comprendió que la actividad del campo era uno de los pilares de la civilización. Adam Smith explicó que la riqueza surge de la capacidad de producir valor. Michael Porter demostró que el desarrollo depende de construir ventajas competitivas. Hoy, la economía de los agronegocios nos recuerda que esas ventajas solo pueden sostenerse mediante conocimiento, gestión e innovación.
El dólar seguirá subiendo y bajando.
La verdadera fortaleza del agro paraguayo, en cambio, dependerá de nuestra capacidad para transformar cada coyuntura en una oportunidad de aprender, innovar y tomar mejores decisiones. Allí se definirá la competitividad del Paraguay agropecuario durante las próximas décadas.



