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miércoles, julio 29, 2026

¿Qué significa Miguel Prieto?

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Más allá de las denuncias formuladas en su contra y de las causas penales que deberá enfrentar ante la Justicia, Miguel Prieto exige un análisis propiamente político. Los expedientes judiciales determinarán, con las garantías correspondientes, si existieron delitos y responsabilidades personales; la política, mientras tanto, debe preguntarse qué representa una figura que ya ha desbordado el ámbito municipal y comenzó a ordenar, por atracción o por rechazo, el campo entero de la oposición.

 

Prieto es hoy menos una excepción que un síntoma de la crisis de mediación que atraviesa a los sistemas de partidos consolidados cuando sus organizaciones dejan de producir liderazgo, identidad y expectativa de poder.

No es el primero en expresar ese fenómeno en el Paraguay. Lino Oviedo lo hizo en su momento al convertir una ruptura interna del coloradismo en una lealtad personal capaz de erigir una fuerza propia; Paraguayo Cubas volvió a manifestarlo en las elecciones de 2023, cuando reunió el cansancio social, la impaciencia y el voto de protesta por fuera de las estructuras tradicionales. Prieto aparece después de ambos, con una diferencia decisiva: no dispone únicamente de una corriente de opinión ni de una irrupción electoral, porque gobierna un territorio político, ha construido una organización propia y demostró que puede transferir su caudal a un sucesor. Ciudad del Este le ofrece aquello que Oviedo perdió con el tiempo y que Payo Cubas nunca terminó de consolidar: un laboratorio estable desde el cual intentar la expansión nacional.

La comparación con Fernando Lugo permite comprender mejor la novedad. La victoria de 2008 fue posible porque Lugo supo arbitrar una oposición que, pese a sus divisiones, seguía estructurada alrededor de la gravitación territorial, electoral y organizativa del PLRA, acompañada por otras fuerzas que conservaban perfiles propios. Lugo encabezó aquella coalición y explotó sus contradicciones, aunque nunca pudo prescindir de la maquinaria liberal, de sus dirigentes departamentales ni de los acuerdos que sostenían una alianza entre organizaciones reconocibles. Prieto parte de una situación inversa: avanza sobre la debilidad de todas las fuerzas opositoras tradicionales y su horizonte parece menos orientado a equilibrarlas que a subordinarlas a una conducción personal que se presenta como la única capaz de vencer.

Sus últimas intervenciones permiten advertir esa lógica con particular claridad. Prieto anticipó que Kattya González terminará nuevamente como candidata al Senado, le asignó un techo político y deslizó que carece de equipo para disputar la Presidencia; al mismo tiempo, expresó su preferencia personal por Salyn Buzarquis para una eventual vicepresidencia, aun después de sostener que los liderazgos liberales miden poco, y calificó la posibilidad de una interna opositora como la preparación de un nuevo fracaso. No se trata únicamente de declaraciones ásperas dentro de una oposición acostumbrada al fuego cruzado, porque detrás de ellas aparece un criterio de legitimidad: los partidos, sus procedimientos y sus aspirantes valen en la medida en que confirmen la primacía previamente atribuida al líder mejor posicionado. La alianza deja entonces de ser un acuerdo entre fuerzas y comienza a parecerse a una adhesión administrada desde un centro de decisión.

El mapa municipal ofrece ejemplos todavía más concretos. En Ciudad del Este, el PLRA rompió su entendimiento con Yo Creo después de que el movimiento de Prieto pretendiera conservar su color, su lista y su denominación, condiciones que los dirigentes liberales interpretaron como una absorción y no como una coalición; en Presidente Franco, Prieto impulsa una candidatura propia frente a la postulante liberal, mientras la nueva conducción del PLRA lo responsabiliza por una eventual derrota opositora; en otros distritos gobernados o gravitantes para el liberalismo, Yo Creo también busca instalar candidatos y estructuras que respondan directamente a su conducción. Ciudad del Este constituye el laboratorio acabado del prietismo: luego de la destitución de Prieto, Daniel Pereira Mujica recibió cerca del setenta por ciento de los votos mediante una transferencia explícita de liderazgo, confirmando que la voluntad del conductor podía imponerse sobre el cargo formal, las siglas aliadas y las antiguas pertenencias partidarias.

Si este proceso resultara exitoso a escala nacional, sus efectos serían profundamente asimétricos. La ANR puede perder una elección, atravesar una crisis y reorganizarse porque conserva una identidad histórica, una extensa afiliación, cuadros territoriales y una cultura de poder que no dependen enteramente de un solo dirigente; el PLRA y las demás fuerzas opositoras, debilitadas por años de derrotas, divisiones y ausencia de conducción nacional, difícilmente podrían atravesar una absorción semejante sin perder su capacidad de actuar por cuenta propia. El desenlace podría ser la dinamitación del sistema de partidos anclado en la ANR y el PLRA, con espacio para una tercera fuerza, y su reemplazo por una competencia entre el coloradismo y una formación plebiscitaria organizada alrededor de Prieto. Una parte de la oposición podría alcanzar el poder al precio de desaparecer como tradición política autónoma.

¿Qué significa entonces Miguel Prieto? Significa el pasaje de la oposición entendida como articulación de partidos hacia una oposición disponible para ser reunida por una voluntad personal; significa el reemplazo del programa compartido por la eficacia atribuida al liderazgo, y de la mediación institucional por un decisionismo que distribuye candidaturas, jerarquías y reconocimientos desde la autoridad de quien aparece mejor ubicado. Prieto puede convertirse en el vehículo de una alternancia y, al mismo tiempo, en el agente que termine de descomponer las fuerzas que deberían sostenerla después de la victoria. La pregunta decisiva no es solo si puede derrotar a la ANR. Es qué quedaría de la oposición organizada si, para lograrlo, tiene que devorarla. Terminar con la hegemonía de un partido para entronizar a una persona no renueva nada: cambia de amo. Lo que renueva a una democracia son las instituciones que siguen en pie cuando el líder ya no está.

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