El 16 de agosto quedó fijado como Día del Niño en memoria de los chicos que en 1869 terminaron peleando una guerra que no eligieron. El origen mismo de la fecha desarma la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, y vale la pena repasar qué se ganó desde entonces y qué desafíos trae esta época.
Paraguay conmemora a sus niños en la fecha de la batalla de Acosta Ñu, donde chicos que deberían haber estado en una escuela terminaron en un campo de batalla porque el país ya no tenía adultos con vida suficientes. El decreto que estableció la efeméride data de 1948. Ese origen conviene tenerlo presente cada vez que alguien afirma que antes se vivía mejor: la infancia paraguaya del siglo XIX terminó en una guerra, y la del siglo XX transcurrió entre dictadura, mortalidad infantil alta y una idea de disciplina que hoy está prohibida por ley.
Ese último punto sigue siendo motivo de discusión en cualquier sobremesa familiar. En septiembre de 2016 se promulgó la Ley 5659, que prohíbe el castigo físico y los tratos humillantes como método de corrección, tanto en el hogar como en escuelas e instituciones de cuidado. Paraguay fue el décimo país de América Latina en dar ese paso.
La objeción más frecuente viene de las generaciones mayores y tiene una lógica atendible: a mí me pegaron y salí derecho. Es un argumento que se escucha con frecuencia y que merece respuesta seria, porque quienes lo formulan no están defendiendo la crueldad, están defendiendo el modo en que fueron criados por gente que los quería. La pregunta correcta, sin embargo, no es si esa generación salió disciplinada. Es cómo salió por dentro, y qué hizo después con lo que recibió.
La investigación disponible sobre eso es extensa. El metaanálisis más citado del campo, realizado por Elizabeth Gershoff, de la Universidad de Texas en Austin, y Andrew Grogan-Kaylor, de la Universidad de Michigan, revisó cinco décadas de estudios sobre 160.927 chicos. De diecisiete resultados analizados, trece mostraron vínculo estadístico con el castigo físico, y todos en dirección perjudicial. El hallazgo que más incomoda al argumento tradicional es otro: el castigo físico no apareció asociado con mayor obediencia, ni inmediata ni a largo plazo. Es decir que no produjo el efecto que los padres buscaban al aplicarlo. Los adultos que habían sido golpeados de chicos presentaban más problemas de salud mental y más conductas antisociales, y eran más propensos a defender el castigo físico para sus propios hijos. Ahí está descrita la cadena intergeneracional completa.
Cabe reconocer que el tema tiene debate académico: otros investigadores han sostenido que los efectos son más modestos o que dependen del contexto. Pero el peso de la evidencia apunta en una sola dirección, y ninguna corriente sostiene hoy que pegarle a un chico lo eduque mejor que no hacerlo. La disciplina que esa generación exhibe con orgullo probablemente se construyó a pesar de los golpes y no gracias a ellos, con el aporte de todo lo demás que también recibió: trabajo, ejemplo, comunidad, afecto.
Hay una lectura más generosa y probablemente más exacta de lo que pasó. Buena parte de los padres y madres que hoy crían sin pegar son justamente aquellos que sí fueron golpeados. Alguien, en algún momento de esa cadena, decidió que hasta ahí llegaba. Ese corte no lo hizo una ley ni un organismo internacional: lo hicieron millones de adultos que recordaron lo que sintieron a los siete años y eligieron que sus hijos no lo sintieran. La norma de 2016 llegó a respaldar una decisión que las familias paraguayas ya venían tomando.
El resto de los indicadores acompaña. UNICEF reconoció que Paraguay alcanzó las metas de desarrollo sostenible en desnutrición y en reducción de la mortalidad infantil y de menores de cinco años. Enfermedades que mataban chicos rutinariamente hace cincuenta años hoy se previenen con vacunas gratuitas.
Con todo eso a cuestas, la diferencia sigue siendo enorme, y hay una que se nota poco: a los chicos de hoy se los escucha. Se les pregunta qué sienten, se les reconoce el derecho a opinar y se acepta que la tristeza infantil existe y merece atención. Los chicos de Acosta Ñu no tuvieron nada de eso. No tuvieron ley que los protegiera, ni vacunas, ni escuela, ni nadie que les preguntara cómo estaban.
Lo avanzado no autoriza a darse por satisfecho. En Paraguay todavía hay chicos que trabajan en lugar de estudiar, comunidades indígenas y rurales con indicadores muy por debajo del promedio nacional, recién nacidos que mueren por causas que la medicina sabe evitar y violencia contra la niñez que persiste pese a la ley. Si el 16 de agosto sirve para algo más que para regalar juguetes, es para hacer ese inventario en voz alta y ponerse a trabajar en él. Los chicos de hoy tienen permitido aquello que a los de Acosta Ñu les fue negado: ser chicos. Que lo tengan todos, y no solamente la mayoría, es la parte que falta.



