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jueves, junio 4, 2026

La cruz y el pueblo

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El sociólogo Martín Duarte propone una lectura de la religiosidad popular paraguaya como uno de los espacios donde mejor se expresa la tensión entre lo universal y lo propio, entre la institución y el pueblo, entre la tradición recibida y su traducción viva en la experiencia cotidiana

En Paraguay, la religión no queda encerrada en los templo, circula por la vida cotidiana, se mete en la casa, en el barrio, en el patio, en la promesa dicha en voz baja y en la vela que alguien enciende sin haber leído un tratado de teología, pero sabiendo muy bien qué significa pedir, agradecer o acompañar a otro en un momento difícil. La fe, entre nosotros, tiene cuerpo, tiene gestos, tiene hábitos compartidos.

Cuando se observa con detenimiento esa trama, y en eso el trabajo de François Chartrain sigue siendo especialmente iluminador, aparece con claridad que en Paraguay la Iglesia, los partidos y la sociedad no recorrieron caminos paralelos. Desde muy temprano quedaron entrelazados en una historia común, a veces armónica, a veces conflictiva, siempre cargada de negociaciones, acomodos y disputas por el sentido.

En La Iglesia y los partidos en la vida política del Paraguay desde la Independencia, Chartrain muestra que el vínculo entre religión y política nunca adoptó una forma fija. Fue mutando con los contextos, con los actores y con las coyunturas. La Iglesia conservó, desde luego, una vocación universal y una referencia que desborda el marco nacional. Su horizonte doctrinal, institucional y simbólico remite a Roma, al Vaticano, a una pretensión de totalidad que no se deja reducir sin más a los límites del Estado paraguayo. Sin embargo, esa universalidad, al tocar suelo paraguayo, nunca pudo desplegarse de manera intacta. Tuvo que pasar por mediaciones, por traducciones, por formas concretas de recepción social que la transformaron en el mismo movimiento en que la hacían posible.

Ahí conviene detenerse, porque en ese punto se juega algo central. La religiosidad popular paraguaya no puede entenderse como una simple versión disminuida o incompleta del catolicismo oficial. Tiene rasgos irreductibles, supone una apropiación activa, una reelaboración situada, una manera de volver habitable una tradición universal dentro de una experiencia histórica particular. En ese proceso, lo que viene de arriba desciende, pero al mismo tiempo lo que nace desde abajo asciende y deja su marca. Lo recibido se mezcla con sensibilidades, símbolos, lenguas y memorias locales hasta adquirir otro espesor.

Por eso las fiestas patronales, las peregrinaciones, las promesas, la cercanía afectiva con los santos, el cruce entre elementos cristianos y universos culturales guaraníes no son apenas exotismos periféricos de una religión central ya constituida. Forman parte de una elaboración viva de sentido, de una manera concreta en que el pueblo paraguayo se apropia de lo sagrado y lo inscribe en su propia experiencia.

Lo interesante es que, en ese movimiento, lo autóctono deja de ocupar un lugar secundario. Ya no aparece como resto folclórico ni como color local añadido a una forma universal supuestamente completa. Pasa a ser un elemento constitutivo de la experiencia religiosa tal como efectivamente existe en Paraguay, en una experiencia en la que lo local no queda reducido a lo pequeño. Más bien se vuelve un lugar de producción de sentido con capacidad de irradiación, porque en él se condensan formas compartidas de vivir el dolor, la esperanza, la gratitud, la protección y el vínculo con los otros.

En esa misma dirección, los trabajos de Pablo Semán sobre las religiosidades populares en América Latina ayudan a afinar la mirada. Sus análisis muestran que estas experiencias no son simples desviaciones respecto de una norma institucional preexistente. En ellas hay sujetos que interpretan, negocian, reordenan y vuelven propias las creencias que reciben. Visto así, la religiosidad popular paraguaya es una capacidad social de creación, de traducción y de reorganización simbólica.

Esa clave permite volver a Chartrain desde una perspectiva particularmente fértil. Ni la Iglesia puede realizar su vocación universal al margen de los mundos concretos donde busca encarnarse, ni lo local permanece idéntico a sí mismo cuando entra en contacto con tradiciones que lo exceden. Lo que se forma entre ambos planos es una zona de tensión permanente, una dinámica de ajustes y desplazamientos a través de la cual una sociedad procesa aquello que recibe y lo transforma en experiencia propia.

Por eso, cuando se reduce la cuestión a la relación entre Iglesia y Estado, algo importante queda afuera del cuadro. Entre esas dos instancias, y también más allá de ellas, existe una dimensión comunitaria que no se deja absorber del todo por ninguna. La religiosidad popular tiene vasos comunicantes con la Iglesia institucional y convive con el Estado, pero conserva una lógica propia, hecha de códigos cotidianos, de tiempos compartidos, de obligaciones morales tácitas y de formas de reciprocidad que nacen desde abajo.

En ese plano aparece con fuerza una cuestión que sigue siendo central en la vida paraguaya: la solidaridad entendida como práctica concreta. En contextos de fragilidad social, de carencias persistentes o de presencia estatal insuficiente, esas formas de religiosidad popular muchas veces sostienen lo que otras estructuras no consiguen sostener. La organización alrededor de una capilla, la ayuda entre vecinos, la comida compartida, el acompañamiento a una familia en duelo, la presencia silenciosa cuando alguien enferma o pierde el trabajo forman parte de una economía moral cotidiana que no siempre se nombra, pero que tiene una eficacia social profunda.

Nada de eso vuelve ideal a la religiosidad popular. También tiene sus propias jerarquías, tensiones, límites y contradicciones. Lo importante en realidad es advertir que, aun con sus ambivalencias, mantiene vivas ciertas reservas de comunidad en una época que empuja salvajamente hacia la fragmentación, el aislamiento y la disolución de los vínculos duraderos.

Quizás por eso puede decirse que en ese espacio se juega una parte sensible del alma nacional. No hace falta cargar la expresión de exageración, basta pensar en algo más elemental, en la persistencia de un nosotros que todavía encuentra modos de reconocerse, de reunirse y de sostenerse mutuamente sin depender por completo ni de la política profesional ni del diseño formal de las instituciones.

En un tiempo atravesado por discursos que fragmentan, por identidades cada vez más inestables y por lógicas de consumo que tienden a nivelarlo todo, estas formas de religiosidad popular siguen ofreciendo un punto de apoyo para pensar lo común. No porque contengan una respuesta cerrada para cada problema histórico, sino porque conservan abierta una búsqueda de pertenencia compartida y una disposición a seguir tejiendo vínculos. Y a menudo esa búsqueda adopta una forma popular, profundamente reconocible: una plegaria compartida, una promesa cumplida, un canto en guaraní.

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