La oficialización de Pedro Alliana como precandidato presidencial para 2028 cierra de una vez las especulaciones y permite concentrarse en lo esencial. El oficialismo ha puesto en primer plano a un dirigente que no necesita ser instalado como un producto de marketing ni presentado como una novedad artificial, porque el pueblo colorado y una parte muy amplia del pueblo paraguayo lo conocen desde hace años, lo han visto crecer en responsabilidades y lo identifican con una manera concreta de hacer política.
Alliana no es una figura desconocida a la que haya que fabricar a fuerza de propaganda, no viene del casting de una consultora ni del capricho de una coyuntura. Su nombre circula desde hace tiempo en la memoria política del coloradismo y del país, asociado a una larga trayectoria de construcción por la vía más exigente que existe en democracia: la del voto popular.
Fue gobernador de Ñeembucú, luego diputado y presidente de dicha cámara, presidente del Partido Colorado y finalmente vicepresidente de la República. Esa secuencia habla de un dirigente que fue atravesando etapas sucesivas de legitimación, siempre sometido al juicio de las urnas y a la evaluación concreta de la dirigencia y de la ciudadanía.
Hay una diferencia de fondo entre un candidato que debe ser presentado como si nadie supiera quién es y un dirigente cuya biografía política ya forma parte del paisaje nacional. Alliana pertenece a la segunda categoría.
El pueblo colorado lo conoce porque estuvo al lado de la dirigencia en momentos de disputa, de organización y de reordenamiento interno. El pueblo paraguayo lo conoce porque lo vio ocupar cargos de creciente importancia, asumir tareas delicadas y mantenerse dentro del centro de gravedad de la vida pública. Su legitimidad no nace de una operación de imagen, sino que emerge de un largo recorrido de construcción política, de victorias electorales, de presencia territorial y de una constancia que en política vale tanto como el talento.
Por eso cabe describirlo como un hombre forjado en la lucha política. Forjado en el territorio, porque comenzó construyendo poder desde su departamento. Forjado en la competencia electoral, porque cada paso importante de su carrera estuvo mediado por el voto.
Forjado en la conducción partidaria, porque presidió la principal fuerza política del país en años decisivos. Forjado también en la necesidad de generar consensos, transmitir tranquilidad en medio de las tensiones y sostener una línea de firmeza sin perder capacidad de diálogo. Una figura como la del vicepresidente es el resultado de un proceso que se desarrolla al calor de las adversidades de la política real, y no en gabinetes de marketing electoral.
Su paso por la Vicepresidencia terminó de consolidar esa imagen, dado que Alliana no aceptó un papel decorativo ni una rutina de protocolo, conocida en la jerga de nuestra país como la del “vicepresidente florero”. Todo lo contrario, se involucró de manera activa en la construcción de gobernabilidad, en la articulación con el Congreso y en la presencia territorial del gobierno, impulsando las grandes iniciativas del gobierno en el ámbito legislativo, asumiendo incluso el costo político como en las difíciles negociaciones sobre la Caja Fiscal, poniendo el hombre a favor de las grandes líneas de trabajo nacional.
Allí aparece, además, una de sus cualidades políticas más visibles. Alliana transmite una combinación poco frecuente de tranquilidad y firmeza, su estilo ha sido más bien el de quien busca soluciones, conversa con la dirigencia, sostiene los acuerdos posibles y al mismo tiempo preserva una señal de autoridad. En un país fatigado por la sobreactuación y la política como espectáculo, esa forma de plantarse no es una desventaja, puede convertirse, de hecho, en un activo mayor, si se logra explicar el efecto positivo que tiene en la construcción del orden democrático.
El desafío del segundo tiempo del gobierno necesita lograr una identificación colectiva y popular más nítida con políticas sociales y populares que ya están en marcha y que, por su escala, marcan una etapa distinta.
Hambre Cero se consolidó como uno de los programas emblemáticos del gobierno, Che Róga Porã quedó instalado como apuesta a la vivienda para sectores medios y trabajadores, la universalización progresiva de las pensiones para adultos mayores y la agenda de formalización del empleo forman parte del mismo esfuerzo por darle a la gestión un rostro social reconocible.
El gran trabajo político de los próximos años consistirá en que todo eso deje de percibirse como un conjunto de medidas de gobierno y se convierta en una experiencia popular coherente, palpable y emocionalmente apropiada por la ciudadanía.



