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viernes, junio 5, 2026

Tiempo de ocio

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Derian Passaglia escribe sobre la relación que tiene la escritura con el ocio y el trabajo, repasando la experiencias de diferentes autores como Borges, Proust, Lispector, Levrero, entre otros.

Decía Borges según escribe Bioy en el Diario que hay que escribir en los ratos libres que deja la vida. Parece fácil decirlo cuando uno empieza a trabajar a los treinta y ocho años: los ratos libres de la vida son todos. Aira dijo que el tema de la escritura es la ocupación del tiempo. ¿Cómo ocupar el tiempo disponible que le quedaba después de traducir esas novelas pasatistas de autores hoy desconocidos? Escribiendo y escribiendo hasta llegar a las más de cien publicaciones. Aira no necesita tiempo libre, lo tiene y lo usa. Todas sus novelitas podrían pensarse como el registro de la ocupación del tiempo.

Otro que no tenía problemas con el tiempo era Marcel Proust. Aristócrata en la Francia de finales del siglo XIX y principios del XX, Proust se encerraba en su pieza a leer y a escribir, mientras imaginaba que los personajes de las novelas eran más reales que la realidad. Era un nostálgico, y usaba el tiempo para tirarse en la cama, mirar el techo y pensar en el pasado. Clarice Lispector dijo alguna vez que escribía con la máquina de escribir entre las piernas mientras sus hijos daban vueltas por la casa y jugaban. “La escritura puede volverte loca. Tienes que llevar una vida serena, bien pautada, de clase media. Si no, irrumpe la locura”. La clase media parece ser la condición de posibilidad de la escritura; de la clase media para arriba, porque Proust hay uno solo.

Néstor Sánchez fue linyera en Nueva York y pedía monedas en la calle para comer. Para poder escribir hay que tener tiempo y para tener tiempo hay que tener plata. Nicolás Peyceré era médico y escribía entre paciente y paciente. Eso, decía, provocó que su literatura se volviera fragmentaria, sus novelas se componen de fragmentos chiquitos en prosa casi poética, unidos por un narrador sensible y extraño.

Mario Levrero era, en el fondo, un anarquista de la literatura: “No soy un escritor -dijo- de fines de semana. Escribir no es sentarse a escribir, esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio. Mediante el ocio es posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos prestarse algo de la atención que merece. Mi idea de vida es el reposo absoluto”. Levrero se propone no trabajar o trabajar lo mínimo indispensable que le permitiera subsistir. Fue pobre toda su vida.

El camino que Levrero estaba eludiendo era el de la profesionalización del escritor, que empezó en la modernidad, cuando los escritores trabajaban en diarios y vendían su arte al capital. En los años noventa, esta profesionalización se volvió mediática, y el escritor una persona, como Vargas Llosa, que podía opinar de todo, cuya opinión era buscada y tenida como una verdad. En los últimos años de su vida, Borges ocupó el lugar del escritor opinólogo profesional, daba entrevistas en la tele sonriendo y mirando a un lugar más allá del techo. ¿Cómo escapar de la profesionalización, cómo hacerse de tiempo en un mundo en el que se necesita trabajar cada vez más para tener siempre la misma plata?

Escribo esto en un aula del final del pasillo, mientras los chicos de segundo año estudian en silencio los temas que tienen que rendir. Por mucho tiempo no hice más que robarle horas al capitalismo y las instituciones, y tuve la posibilidad, que me dieron mis padres y mi abuela, de estudiar sin tener que trabajar.

La lógica de la literatura es distinta a la del trabajo y son irreconciliables: nada de lo que se escribe puede servir para el consumo, no hay ninguna utilidad en un relato, en la palabra que solo vale por sí misma. Me hace ruido cuando escucho que algunos escritores dicen estar trabajando en una nueva novela. ¿Por qué trabajan en algo que no debería implicar ningún esfuerzo y sobre lo que no perciben ningún salario a menos, claro, que se trate de verdaderos profesionales de la palabra?

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