Cada 1 de marzo el Paraguay retorna a una escena que continúa organizando el modo en que la comunidad política se piensa a sí misma. Sin embargo, ese retorno no se reduce a la repetición ritual de una fecha ni a la alternancia entre condena y exaltación, porque lo que allí se reactualiza no es simplemente una controversia historiográfica, sino una pregunta mucho más profunda: ¿de qué modo una nación que atravesó la devastación puede seguir pensándose como sujeto de su propio destino?
En este sentido, la figura del Mariscal Francisco Solano López no aparece como objeto aislado de juicio moral, sino como punto de condensación desde el cual se articula una determinada relación entre memoria, Estado y soberanía. Su centralidad no tiene mucho que ver con una discusión sobre errores estratégicos o sobre rasgos personales, sino sobre su potencia vigente, lo contrario supone desconocer la función que su figura ha desempeñado en la configuración de la conciencia nacional. Porque lo que persiste no es únicamente el juicio sobre un hombre, sino la eficacia política de su grandeza.
La historiografía autodenominada “científica” suele ahondar en reducir todo esto a un mito. Concedámosle, igual, dicha operación tan predecible. ¿Qué es un mito nacional, entonces? En sentido político, funciona como resumen claro de una experiencia histórica que mantiene viva la percepción del pasado y orienta la proyección del futuro. En el caso paraguayo, el Mariscal cristaliza la experiencia límite de un Estado que decidió afirmarse como sujeto en un escenario regional abiertamente adverso. Y es precisamente esa decisión -llevada hasta sus últimas consecuencias- la que convierte su figura en nuestro gran arquetipo.
Si los estudios del historiador norteamericano Paul Lewis permiten advertir que la formación del Estado paraguayo estuvo atravesada por tensiones estructurales que no pueden disociarse del conflicto bélico y de su desenlace, y si los trabajos de Luc Capdevila muestran que la devastación demográfica reconfiguró de manera profunda el tejido social y las formas de organización comunitaria, entonces resulta evidente que la memoria de la guerra no emergió en un vacío de sentido. Por el contrario, surgió en el interior de un campo de disputas donde se dirimía no sólo la interpretación del pasado, sino la orientación futura del proyecto nacional-estatal. La pregunta por López fue, desde el comienzo, inseparable de la pregunta por la soberanía futura del Paraguay.
En efecto, el nacionalismo paraguayo no nació como reacción irracional frente a la derrota, ni como simple refugio sentimental ante la devastación, como sostienen algunos psicoanalistas de la historia, en operaciones teóricas y eclécticas de gran mediocridad. Nuestro nacionalismo nació como elaboración política de una experiencia histórica extrema. Durante la posguerra, mientras se consolidaba una narrativa liberal que atribuía el desastre a la voluntad personal de un “líder desmesurado”, comenzó a gestarse una corriente contestataria popular que buscaba reinscribir la guerra en una problemática distinta: no la del error individual, sino la de la afirmación nacional en un contexto geopolítico asimétrico. En ese desplazamiento, la figura de López fue dejando de ser únicamente responsable para convertirse en símbolo máximo de nuestro destino.
Conviene detenerse aquí con mayor precisión. Reafirmar el mito de López no significa sustraerlo al entretenimiento académico de la crítica histórica, tampoco supone negar la complejidad de las decisiones adoptadas durante la guerra. Significa reconocer que, más allá de la evaluación empírica de sus actos, su figura es una estructura simbólica desde la cual la comunidad política se interroga sobre su propia capacidad de decisión. Y esa dimensión resulta particularmente significativa en un mundo contemporáneo atravesado por formas de individualismo que tienden a disolver toda pertenencia colectiva en la lógica de la autosuficiencia individual.
Vivimos en una época en la que el sujeto suele pensarse como desligado de toda tradición, comunidad y proyecto común, y en la que la política se reduce con frecuencia a administración técnica de intereses privados o a agregación fragmentaria de demandas particulares. Frente a esa tendencia, el acto heroico de abnegación cumple una función contracultural decisiva, nos recuerda que la subjetividad política no se constituye en el vacío, sino en el interior de una historia compartida que supera al individuo y lo sitúa en una trama de sentido que lo trasciende.
En este punto, la centralidad medular de López adquiere su nota propia. La figura de López simboliza que el Estado paraguayo, aún en condiciones de evidente desproporción material, optó por afirmarse como nación soberana antes que aceptar su reducción a objeto de decisiones ajenas.
Asimismo, la intervención posterior de O’Leary en la disputa por la memoria debe leerse como una operación política consciente. Al convertir a López en encarnación de la dignidad estatal, no produjo simplemente un relato épico, sino que ofreció una narrativa capaz de transformar la derrota en fundamento de continuidad histórica. De este modo, Cerro Corá dejó de ser exclusivamente final trágico para convertirse en la escena fundante de una conciencia nacional que, aun vencida, se reconocía inagotable. La derrota, en esa lectura, no clausura la historia, sino que la redefine bajo el signo de la voluntad imperecedera de la patria.
Hay que decir, de todos modos, que la eficacia del mito no se explica únicamente por la intervención intelectual. Como ha mostrado Capdevila, la sociedad devastada no se limitó a sobrevivir pasivamente, sino que reorganizó su tejido desde la base misma de la vida cotidiana, con un papel central de las mujeres en la reconstrucción comunitaria. La memoria de la guerra se encarnó en prácticas, relatos y formas concretas de rehacer la vida colectiva. En ese cuerpo social sobreviviente persitió la conciencia de una nación sojuzgada pero no extinguida, y en esa persistencia la figura de López encontró arraigo duradero.
Por otra parte, los análisis de Lewis permiten advertir que la reorganización del Estado posterior a la guerra estuvo atravesada por tensiones constantes entre integración regional y afirmación de autonomía. Esa tensión no desapareció con la reconstrucción institucional, sino que se reconfiguró en distintas coyunturas históricas y continúa estructurando el debate contemporáneo.
En este contexto, reivindicar a López no constituye un gesto nostálgico ni una simple exaltación emocional, sino la afirmación de una referencia que debe estructurar la reflexión política contemporánea y futura. Toda comunidad necesita figuras que articulen memoria y proyecto, que permitan pensar la continuidad más allá de la coyuntura inmediata.
La pregunta que el 1 de Marzo reactualiza no es simplemente retrospectiva, sino prospectiva: ¿qué significa hoy afirmar la soberanía en un contexto de interdependencias económicas, presiones geopolíticas y transformaciones tecnológicas radicales? ¿Cómo articular autonomía y cooperación sin diluir la capacidad decisoria colectiva que constituye el núcleo mismo del Estado?
Mientras estas preguntas permanezcan abiertas, la centralidad de López continuará operando como motivo vivo que interpela el presente. No como estatua inmóvil ni como dogma incuestionable, sino como memoria que organiza la reflexión sobre el destino común. Y es precisamente en esa capacidad de seguir estructurando la pregunta por la soberanía donde radica su potencia política más profunda.
*Sociólogo de la Universidad de Buenos Aires



