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jueves, julio 16, 2026

Un vaquero inglés en el Paraguay de preguerra del Chaco

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Paranaländer revuelve ‘Interludio paraguayo’ (1935) de C. W. Thurlow Craig, tratando de ver el Paraguay liberal saltando por los prejuicios de su autor.

El aventurero y escritor inglés (nacido en Wrexham, Gales) C.W. Thurlow Craig (1901-1985) se volvió gaucho sudamericano después de la Primera Guerra Mundial y el resultado de una de esas aventuras fue el libro «Interludio paraguayo» (1935). También se recuerda aun hoy su novela de sci-fi de futuro cercano «Plaga sobre Londres» (1939).

Más allá de los prejuicios que nunca faltan en las crónicas de cualquier extranjero sobre Paraguay, sobre todo de europeos, que nos fusilan con sus ínfulas de superioridad, aquí busqué, con este breve glosario temático, remontar la superficie hasta poder vislumbrar, bizqueando o adivinando, lo que se presenta a la mirada usando una suerte de profundidad de campo.

Asunción:

«Asunción es una ciudad muy antigua para los estándares sudamericanos, aunque carece totalmente de interés. Hay pocas tiendas buenas, los precios son elevados, las instalaciones sanitarias son casi inexistentes y, cuando llueve, las calles se convierten en ríos. Ninguno de los dos había estado allí antes; sin embargo, el lugar resultaba tan anodino que, tras realizar nuestras compras, decidimos regresar de inmediato a San Antonio, a las diversiones que sabía».

Cigarro:

«Él pidió café y le gritó a su mujer —una muchacha de aspecto bastante atractivo y unos quince años de edad— que preparara unos cigarros. Ella lo hizo en nuestra presencia de la siguiente manera: tomó un pellizco de hojas pequeñas de tabaco, las enrolló entre las manos y luego las colocó sobre el borde de una hoja grande. Acto seguido, se alzó la falda hasta dejar el muslo al descubierto —llegando incluso a la cadera— y, con un par de movimientos rápidos de rodado entre la palma de la mano y el muslo, confeccionó el cigarro; no obstante, fue necesario fijar el borde, cosa que hizo con un poco de engrudo de almidón. Se lo llevó a la boca, lo encendió con una brasa del fuego, dio un par de caladas y me lo tendió. Aunque habría preferido fumar uno de los míos, no quise ofenderlo; así que, tras un trago que me dio ánimos, fumé con valentía aquel cigarro casero. Era suave, verde y algo húmedo; de sabor fuerte, pero no del todo desagradable».

Ejército:

«Después de eso, fui más cuidadoso al viajar de noche por el río, pues había destacamentos de aduaneros cada dos o tres millas a lo largo de la orilla este, supuestamente para detener el contrabando. Llevaban una vida tranquila, rezando para que alguien como nosotros, ignorante de las reglas, pasara y les diera una excusa para disparar. Los contrabandistas, huelga decir, siempre se mantenían cerca de la orilla oeste o del Chaco y nunca les disparaban; tampoco los buscaban, pues estaban bien armados y preparados para causar más problemas de los que jamás causaron. Existía cierto control en los principales puertos paraguayos, que eran muy pocos.Pero más tarde descubrimos que muchos de estos pequeños puestos ribereños de agentes fiscales estaban en connivencia no solo con los contrabandistas, sino también con los cuatreros que solían traer ganado robado del Chaco argentino al Paraguay. Para creer esto, era necesario conocer el funcionamiento interno del ejército paraguayo. Más adelante, yo llegaría a adquirir todos los conocimientos necesarios».

Guaraní:

«Si bien el español es el idioma oficial de Paraguay, el guaraní —una lengua indígena con un vocabulario útil de bastante menos de mil palabras, de las cuales cerca de un tercio son palabrotas— es utilizado por todas las clases sociales en todo el país y, en opinión de la mayoría de los extranjeros, contribuye al atraso de Paraguay. Aunque un idioma pobre, pero extraordinariamente difícil de aprender para un extraño debido a sus sonidos guturales, labiales y otras dificultades filológicas de las que está abundantementesalpicado. En muchas partes del Paraguay, los campesinos no hablan ni entienden el español, y miran con desconfianza y recelo a todo aquel que no habla guaraní».

Huelga:

«—Diría que muy buenas —respondió—, porque acaba de haber una huelga en la fábrica y la administración ha despedido a todos los paraguayos. Tuvieron que reemplazar al jefe de ganadería, al capataz de los corrales y a dos compradores. Desde la huelga que había sido sofocada dos semanas atrás, muchos paraguayos habían sido despedidos de buenos puestos. A cualquier extranjero que llegaba por allí lo contrataban sin hacer demasiadas preguntas. Bastaba con ser inglés, estadounidense o alemán para conseguir trabajo».

Indio:

«Monté a pelo y, mientras cabalgábamos, examiné el atuendo de Byro. Montaba a caballo como un…indio, con las piernas bien recogidas bajo el cuerpo».

Locro:

«Encontré una fonda y, durante la cena, probé por primera vez el plato nacional de Paraguay: el famoso locro. Consiste en grandes trozos de carne y hueso hervidos con maíz, generalmente sin más condimento que la sal. En lugar de pan, que resulta caro en Paraguay, se consume mandioca, una raíz parecida a la chirivía y con un contenido de almidón muy elevado. Es nutritiva, pero muy insípida. Tras una comida así, tras tragar aquel vino tinto áspero —cuya única virtud era actuar como disolvente de la carne sumamente dura que habíamos estado comiendo—, saqué de mis alforjas una botella de buena caña argentina e invité al dueño a beber conmigo».

Mujeres:

«Ahora estoy aquí, aprendiendo a hablar guaraní con la ayuda de un diccionario humano —declaró Byro.

—Tengo intención de elegir uno de esos diccionarios en cuanto me instale. No es que quiera aprender guaraní. He gastado más diccionarios intentando aprender español con ellos de los que puedo recordar, y ya me estoy haciendo viejo»

Paraguay:

«siendo difícil encontrar empleo debido a «la crisis» que azotaba Sudamérica, decidí viajar a Paraguay. Sí, sin duda iría a Paraguay, lugar al que a veces se llama poéticamente «el jardín de Sudamérica», esa tierra donde se dice que las mujeres superan en número a los hombres en una proporción de tres a uno; algo fascinante. Esa tierra donde, si un hombre no consigue trabajo lo único que tiene que hacer es quedarse ahí sentado con aire melancólico. Alguien le dará de comer y le liará los cigarrillos, le proveerá de fruta y verdura durante todo el año, tocará guitarra y le cantará cuando se sienta romántico o triste».

Poeta argentino:

«Esto me recordó una historia que había oído sobre Paraguay: una historia verídica. Un eminente paraguayo pidió a un famoso poeta argentino, que se encontraba de viaje por el país, que compusiera un poema dedicado a Paraguay. Así lo hizo, y este fue el resultado:

Paraguay; hombres sin valor, mujeres sin honor,

Flores sin aroma, aves sin color.

Aquello se escribió antes de la guerra entre Paraguay y Bolivia, conflicto en el que los hombres paraguayos demostraron ser combatientes valerosos. Aparte de eso —y del hecho de que en Paraguay sí hay aves de colores—, no puede considerarse una exageración, aunque el poema y su autor no se mencionan sin despertar rechazo en el país al que aluden».

Polca:

«La orquesta, compuesta por dos violines, dos guitarras y un acordeón a piano, tocaba polcas paraguayas. Esta música de polca resulta muy atractiva siempre que no se abuse de ella; además, es un baile sencillo, una especie de foxtrot corto de dos pasos que deja tiempo de sobra para atender a la pareja sin tener que preocuparse de dónde van los pies, como ocurre en bailes complejos como el tango. El ambiente habitual de las salas de baile —mezcla de tabaco, alcohol y calor humano— estaba ausente gracias al techo abierto, una innovación muy agradable».

Río:

«Pasamos toda la noche hablando del río y de las leyendas fluviales. Él me habló de ese monstruo fabuloso, el buey jagua (sic, en vez de mbói) —o serpiente con cabeza de perro—, del cual hablaré más adelante. Me habló del gigantesco bagre negro de barro, el manguruju, lo suficientemente grande como para tragarse a un hombre entero. Probablemente sea una exageración, pero conozco a un escocés de reputación intachable que vivía en Asunción; tenía un enorme perro Terranova que solía nadar a menudo en el río Paraguay. Un día, mientras nadaba a poca distancia de la embarcación donde estaba su dueño, lanzó un aullido desesperado y desapareció rápidamente. El dueño relató que, al hundirse el animal, se produjo un enorme remolino en la superficie y, por un instante, vio lo que parecía ser una cola negra. Los paraguayos, exagerando enormemente, dicen que estos peces llegan a medir hasta dieciocho pies de largo y que son los miembros más grandes de la familia de los bagres. Nunca he visto uno, pero los he oído por la noche: saltan fuera del agua y vuelven a caer provocando un estruendoso chapoteo».

San Antonio:

«Cada tarde, hacia las cuatro, salía a caballo con los cuatro vaqueros paraguayos hacia el corral, apartaba el ganado necesario para la matanza del día siguiente y lo sacaba al camino. Entonces empezaba la diversión. La distancia hasta los corrales de la fábrica era de una milla y media aproximadamente, a lo largo de la única calle de San Antonio, así que debíamos llevar el ganado por ella».

Yegua:

«Traía cuatro: dos que no servían para nada, uno aceptable y una yegua negra pequeña y magnífica. Yo ya había decidido comprar el caballo bayo, cuyo único defecto era que andaba a la ambladura. A muchos hombres no les gustan los caballos de este aire, pues los consideran monturas para mujeres. Es cierto que ellas los prefieren por su andar suave, pero los caballos ambladores parecen desgastarse más fácilmente que otros ante el trabajo duro y no tienen tanta seguridad en la pisada. Sin embargo, el bayo era una belleza, y la yegua parecía ideal para trabajos rápidos y ágiles en los corrales. La quería, así que pregunté el precio. Novecientospesos, dijo su dueño; entonces Byro sacó una botella de caña y nos dispusimos a regatear. La yegua estaba en perfecto estado, tenía unos cinco años y, de no haber sido por su sexo, habría valido unos mil doscientos pesos. Pero en Sudamérica los hombres sienten aversión a montar yeguas. Es una costumbre arraigada y difícil de erradicar, pero que uno aprovecha al máximo a la hora de comprar una yegua. Tras una larga discusión, durante la cual al dueño se le agasajó generosamente con caña, la conseguí por seiscientos pesos, unos doce dólares estadounidenses».

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