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martes, julio 28, 2026

La oposición sin brújula

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La oposición paraguaya atraviesa un momento de una extraordinaria paradoja. Mientras sus dirigentes dedican buena parte de sus energías a disputas internas, acusaciones cruzadas y competencias por espacios cada vez más reducidos, el país sigue sin conocer cuál es el proyecto político que pretenden ofrecer a la ciudadanía. El fuego amigo se ha convertido en el rasgo dominante de un conglomerado que parece discutir permanentemente quién debería conducir una alternativa que todavía nadie ha definido con precisión.

 

Toda fuerza que aspire a gobernar necesita algo más que adversarios comunes. Necesita un liderazgo capaz de ordenar voluntades, establecer prioridades y convertir la diversidad en una dirección política. Hoy ocurre exactamente lo contrario. La oposición aparece fragmentada en múltiples liderazgos locales, cada uno convencido de representar el verdadero camino, pero ninguno con la autoridad suficiente para articular un proyecto nacional. La consecuencia inevitable es la dispersión estratégica y la incapacidad para construir expectativas de poder.

Esa ausencia de conducción también se refleja en el plano programático. No existe una agenda reconocible que permita comprender qué país proponen construir, cuáles serían sus primeras reformas, qué objetivos económicos perseguirían o qué transformaciones institucionales consideran prioritarias. Las discusiones giran alrededor de nombres, candidaturas y alianzas circunstanciales, mientras las ideas permanecen relegadas a un segundo plano. La política deja entonces de ser una disputa entre proyectos para convertirse en una competencia entre dirigentes.

Paradójicamente, lo único que hoy parece introducir un principio de orden en ese universo fragmentado es la discusión sobre las elecciones de 2028. Allí comienza a perfilarse una disyuntiva que trasciende los nombres propios: la oposición deberá decidir si se convierte en el vehículo de la aventura personal de Miguel Prieto, con su pretensión de desplazar a los partidos tradicionales y reconfigurar por completo el sistema político paraguayo, o si preserva al Partido Liberal Radical Auténtico como la principal fuerza nacional no colorada y columna vertebral de un sistema de partidos que, con todas sus imperfecciones, ha estructurado la competencia democrática durante décadas. Esa discusión es mucho más profunda que una simple candidatura, porque involucra el modelo de oposición que el Paraguay tendrá en los próximos años.

Ni siquiera la comunicación política consigue llenar el enorme vacío que precede a esa definición. Las grandes experiencias electorales exitosas sintetizan sus aspiraciones en una consigna sencilla, capaz de condensar una visión de futuro y despertar esperanza. La oposición paraguaya ni siquiera ha logrado construir ese mínimo común denominador. Carece de un relato compartido, de un horizonte identificable y de un mensaje que convoque más allá de sus propios simpatizantes. El único elemento que todavía mantiene unidos a sectores tan heterogéneos es el anticoloradismo entendido como identidad emocional. Ese sentimiento puede explicar coincidencias tácticas e incluso sostener alianzas transitorias, pero resulta insuficiente para constituir un proyecto de gobierno.

Por esa razón, el principal desafío de la oposición ya no consiste en encontrar un nuevo candidato ni en diseñar una ingeniería electoral más sofisticada. Su tarea pendiente es bastante más profunda: construir un liderazgo nacional, elaborar un programa reconocible y ofrecer una visión del Paraguay que trascienda la mera resistencia al Partido Colorado. Mientras esa tarea permanezca inconclusa, el fuego cruzado seguirá consumiendo las pocas energías disponibles y la oposición continuará discutiendo cómo repartirse un espacio político cuya identidad todavía no ha conseguido definir.

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