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viernes, junio 5, 2026

Wallace Stevens, el poeta vendedor de seguros

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Derian Passaglia escribe sobre Wallace Stevens, poeta norteamericano y vendedor de seguros, una figura totalmente opuesta a la idea del poeta maldito, habitante de los márgenes o errante en busca de inspiración.

Estados Unidos se caracteriza por tener grandes poetas. Wallace Stevens es un poeta a contracorriente de la tradición norteamericana, y de la tradición de la poesía entera, donde se piensa el estereotipo de poeta como un bohemio al margen de la sociedad, un inadaptado, un distinto.

Fueron quizá los poetas románticos alemanes quienes crearon la idea de que el poeta es un ser alado en busca de la inspiración. Más tarde, los poetas malditos franceses, con Rimbaud, Baudelaire y Verlaine a la cabeza, profundizaron la errancia del poeta hasta convertirla en mito.

Rimbaud dejó de escribir a los veinte años y se fue a vivir a África. Baudelaire le escribía poemas a prostitutas. Verlaine le pegó un tiro en la pierna a su amigo y amante Rimbaud. A mediados del siglo XX, los poetas Beats, antecedentes de la cultura hippie, escribían himnos a la libertad sexual y cantan los excesos de una generación hundida en la miseria y la droga.  

Pero no todo es orgía, derroche, hippismo y bohemia en la poesía. Wallace Stevens fue toda su vida un vendedor de seguros. Nació en Pennsylvania en 1879. Segundo hijo de cinco hermanos, se crió en una familia burguesa de origen holandés y formación religiosa estricta. Estudió abogacía, por presión de su padre abogado, y ejerció la profesión hasta que empezaron las penurias económicas. En 1909 se casó con una mujer que había conocido en uno de sus viajes de vuelta a la casa paterna. Sus padres se oponen al compromiso y no asisten al casamiento por la diferencia de estratos sociales. Elsie Moll, su esposa, se dedicaba a dar clases de música y a tocar el piano en una tienda. Tienen una hija.

La vida de Wallace Stevens no pasó por ningún momento de reviente y exceso. Fue un señor de traje que, según otro gran poeta norteamericano como Williams Carlos Williams, “siempre era el bien vestido, cuidadoso por no despeinarse, preciso cuando los demás éramos confusos, bebía poco, pero todos lo conocíamos, nos agradaba y lo admirábamos; realmente sentíamos que él era parte de la pandilla”. Era un outsider en su propio grupo de amigos poetas. Demasiado normal para ser poeta, demasiado extraño para la vida normal, Wallace Stevens era inclasificable para la idea que se tiene del poeta.

En 1916, después de que quiebra la empresa donde trabajaba, ingresa a la Hartford Accident and Indemnity Company, en la que trabaja hasta su muerte durante cuarenta años. Publica su primer libro tarde, a los cuarenta y tres años. A partir de ahí publica cinco libros más de poesía. Su obra es breve y nace madura.

En la década del cincuenta, cuando jóvenes de pelo largo recorrían las calles de California en busca de un pinchazo furioso, como dice el poema de Allen Ginsberg, Wallace Stevens rechazaba una invitación a impartir una cátedra sobre teoría de la poesía en Harvard, con el argumento de que lo alejaría de su trabajo en la compañía de seguros.

Se dice que Stevens separó de forma rotunda su profesión como ejecutivo de negocios y su carrera como poeta. El mundo intelectual estadounidense sentía desprecio por Stevens al haber continuado en su posición de vicepresidente de una compañía de seguros después de haberse afianzado como escritor y haberse procurado un pasar económico holgado. Hay en esta concepción del escritor una idealización de la que Wallace Stevens escapa: el poeta debe estar separado de la sociedad, en su torre de marfil, escribiendo sus versitos.

La poesía de Wallace Stevens es contenida y medida y por eso mismo misteriosa, hermética. “La poesía es (y debe ser) para el poeta -dice- una fuente de placer y satisfacción, no una fuente de honores”.

Casi no aparece el “yo” en la poesía de Wallace Stevens. El lugar de los sentimientos y la subjetividad lo ocupan los objetos, el paisaje, lo que pasa afuera. “Yo, precisamente, amo lo impersonal, las atmósferas y los océanos, y sobre todo el principio de orden, y no entiendo por qué no han de ser para el filósofo la última inamorata”, escribió. Wallace Stevens excede cualquier intento de clasificación.

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