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domingo, junio 7, 2026

¿Cuántos centavos necesita un hombre?

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¿Y qué nos dicen esas monedas, esas viajeras futuristas del pasado cuando caen sin querer, por un descuido, y ruedan por el piso con su precisión metálica? Por: Derian Passaglia

Dos paquetes de figuritas se podía comprar con cincuenta centavos, y también dos de semillitas de girasol, y cinco jaimitos de distintos gustos y colores, y tal vez, quizá, diez caramelos, o veinte caramelos, dependiendo de si se trataba de los más chetos, de los palitos de la selva o de los sugus. Un pico dulce en cada mano se podía empuñar con cincuenta centavos, y llevarse también alguna que otra tira de fizz. Todo eso se podía comprar con cincuenta centavos, con lo que sobraba del vuelto de los mandados, con las monedas que sobraban de las compras de la granja.

Y ahora ya casi, casi, que no se ven esas monedas en circulación, por las altas tasas inflacionarias de mi país, a menos que uno revuelva un cajón olvidado, lleno de medias o fotocopias, de documentos burocráticos que ya no sirven, o que nunca sirvieron, como los títulos de la licenciatura, esos papeles que los médicos cuelgan en sus consultorios en cuadritos, o viejas fotos de viejas épocas perdidas… Esas monedas aparecen y desaparecen en lugares donde menos se las espera, atrás de la heladera o en la biblioteca, en un compartimento secreto de la billetera o en un jean que ya no se usa, al fondo del placard, juntando humedad y polillas.

¿Y qué nos dicen esas monedas, esas viajeras futuristas del pasado cuando caen sin querer, por un descuido, y ruedan por el piso con su precisión metálica? ¿Qué historias nos recuerda ese bronce circular de aluminio que pensábamos haber olvidado para siempre, para siempre? ¿Hacia qué profundos abismos nos someten a través de su materia ya inservible, de museo o coleccionistas? Con cincuenta centavos caminaba bajo el rayo del sol de la siesta hasta el kiosco de la Renga, y elegía de la poca variedad de alfajores que exhibía en unos estantes también metálicos, como las monedas, y yo no me decidía cuál elegir, y la Renga decía:

-Tenés los alfajores de diez centavos, los más económicos, el Tatín, el Jorgito… Y después tenés los Blanco&Negro, los Terrabusi blanco o de chocolate, los Fantoche…

-¡Dame un Fantoche! -le decía yo.

Y me iba caminando muy pancho con mi Fantoche en la mano, mientras me lo comía por la calle de mi cuadra, Dragones del Rosario, muy bacán con mi Fantoche de verano y mi bermuda floreada, como se usaba en aquella época, bermudas a flores, y mi pelito con gel y mi remera sin mangas… Me iba así, hasta el cantero de la casa del Berti, enfrente de casa quedaba, y ahí nos juntábamos con el Berti, el Ale y el Seba, el Juancho, a veces venía el Leonel, el Hernán, el Bichi, el otro Ale, y otros personajes secundarios de la película, como el David, el Quelo y el Cona, y una larga pasarela de nombres extras.

En eso cayó el César, cayó el César y me vio con mi Fantoche, ¿y me habrá pedido un poco o qué? No, seguro que no me pidió, porque se fue y volvió al rato, se había ido al kiosco de la Renga, y volvió con tres alfajores de diez centavos apilados, y la pila era toda una masa chocolatosa y azucarada de dulce de leche en la boca pastosa del César, que se reía porque yo había comprado un Fantoche, un alfajor de cincuenta centavos, y a él le había alcanzado con treinta, sí, porque con treinta centavos las matemáticas de los índices económicos del momento le daban para comprarse tres alfajores de diez centavos, y me mostraba toda la boca llena de chocolate, los dientes negros, la saliva marrón, y decía:

-Mirá mi Fantoche, mirá mi Fantoche.

Y hablaba con la boca abierta para mayor placer, porque con los mismos cincuenta centavos que yo tenía, él se había comprado más cosas, le habían sobrado veinte y se habrá comprado algún jaimito o paquete de semillitas, y yo, que siempre fui un fino de marca, que nació en “cuna de oro” según papá, me había quedado triste con mi Fantoche, triste porque el César no me lo dejaba disfrutar… El Fantoche era, sí, más rico, sí, más rico, pero el César me había dado una lección de economía de la que no aprendería, finalmente, nada, pero que recordaría al pensar, ciertamente, en los cincuenta centavos, los cincuenta centavos y la boca llena de chocolate, y los dientes todo pastosos de alfajores de diez centavos.

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