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domingo, septiembre 27, 2026

León XIV y la Francia que vuelve a mirar sus raíces cristianas

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Más de 700.000 personas ocuparon este sábado el eje que va desde la plaza de la Concordia hasta el Arco de Triunfo y más allá, sobre la avenida de la Grande Armée; un día antes, 80.000 jóvenes habían llenado el Stade de France. La magnitud de las convocatorias impresiona por sí sola, sobre todo en un país que suele presentarse como el laboratorio más acabado de la secularización europea, pero el verdadero sentido de la visita de León XIV aparece cuando se mira el mapa y se escuchan sus palabras.

El Papa no eligió solamente París: eligió una secuencia de lugares capaces de contar la historia francesa, y en cada uno de ellos volvió sobre una misma idea, la de una nación que puede discutir con su herencia cristiana, alejarse de ella o reinterpretarla, pero que difícilmente puede comprenderse fingiendo que esa herencia nunca existió.

León XIV lo dijo sin rodeos en el lugar donde la República se representa a sí misma, el Palacio del Elíseo: «Francia es también una tierra de profundas raíces cristianas». No se quedó en una fórmula protocolar. Habló de san Ireneo, del bautismo de Clodoveo, del humanismo francés y de una tradición espiritual, cultural, intelectual y artística alimentada durante siglos por el cristianismo; más aún, vinculó la libertad, la igualdad y la fraternidad con exigencias éticas que encuentran también en el Evangelio una fuente de inspiración. La frase debía sonar casi provocadora por su normalidad, porque hay un tipo de secularismo perezoso que confunde la neutralidad jurídica del Estado con una obligación de amnesia histórica, como si reconocer de dónde vienen palabras, símbolos, edificios y costumbres equivaliera automáticamente a negar la libertad de quienes no creen.

En el fondo, el Papa recordó una evidencia que a veces incomoda: Francia no comenzó en 1789. La Revolución transformó sus instituciones, derribó un orden político y abrió otro ciclo de la historia, pero encontró una sociedad que ya llevaba más de un milenio produciendo iglesias, universidades, hospitales, obras de arte, categorías morales, fiestas, calendarios y formas de imaginar la comunidad. El cristianismo no es un detalle que pueda quitarse de esa historia como quien borra una nota al pie. Se puede ser francés, republicano, laico y no creyente, desde luego, pero nada de eso obliga a suponer que Notre-Dame apareció por generación espontánea o que el vocabulario moral de Europa se inventó una mañana en una asamblea legislativa.

Por eso Notre-Dame era una estación inevitable. León XIV entró en la catedral reconstruida después del incendio de 2019 y recordó que el dolor provocado por aquella noche no había sido solamente el de los católicos. La movilización para restaurarla demostró, según sus palabras, que allí «late el corazón de un pueblo» y que se trata del «centro vital de una civilización». Francia movilizó instituciones públicas, recursos privados, técnicos, artesanos y donantes para devolverle su forma a una iglesia consagrada hace más de ocho siglos. La escena encierra una ironía que no necesita ser exagerada: una sociedad muy secularizada puede dejar de asistir regularmente a misa y, al mismo tiempo, descubrir que hay piedras cuya pérdida sentiría como una mutilación de sí misma. La memoria colectiva suele ser bastante menos obediente que las modas intelectuales.

La noche del viernes trasladó esa memoria a un lugar completamente distinto. El Stade de France, emblema deportivo de la Francia contemporánea, se llenó con 80.000 jóvenes de entre 17 y 35 años. Hubo testimonios, música y momentos de oración; 2.500 voces acompañaron el Ave Maria de Caccini y la vigilia hizo desfilar, mediante relatos y símbolos, la memoria de santos y testigos franceses, desde Teresa de Lisieux hasta Carlos de Foucauld, Vicente de Paúl, Bernadette Soubirous, Federico Ozanam o el Cura de Ars. También estuvo presente la Santa Túnica de Argenteuil. Que todo eso ocurriera en Saint-Denis añadía otra capa a la escena: a poca distancia se levanta la basílica donde descansan los reyes de Francia, mientras alrededor se extiende uno de los territorios más diversos de la metrópolis parisina. La Francia medieval, la Francia inmigrante y la Francia del gran espectáculo deportivo quedaban reunidas, por unas horas, dentro de la misma geografía.

El sábado llegó el símbolo más cargado de todos. La misa se celebró en la plaza de la Concordia, antigua plaza de la Revolución, el lugar donde fueron guillotinados Luis XVI, María Antonieta, Danton, Robespierre y más de un millar de personas durante el período revolucionario. En 1795 recibió precisamente el nombre de Concordia como parte de la búsqueda de una reconciliación después del Terror. Dos siglos más tarde, un altar y una cruz presidieron allí una celebración católica mientras la multitud se extendía por más de dos kilómetros sobre los Campos Elíseos. Sería torpe convertir la escena en una revancha histórica, porque una misa no deshace la Revolución ni la presencia de un Papa elimina la laicidad francesa; los símbolos, sin embargo, no necesitan derogar leyes para hablar, y pocos lugares podían condensar mejor la tensión entre ruptura y continuidad que esa plaza.

León XIV terminó de explicitar el sentido de la escena durante la homilía, cuando invitó a los franceses a construir una nación renovada a partir de sus «raíces irrigadas por la fe» y los llamó «herederos de una larga y bella historia santa en Francia». La formulación es interesante porque no plantea el pasado como una vitrina. Una raíz no es un objeto que se contempla desde lejos; es aquello de lo que una planta continúa alimentándose, incluso cuando no se ve. El problema de ciertas versiones militantes de la secularización aparece justamente allí, cuando la legítima separación entre Iglesia y Estado se convierte en la fantasía de una sociedad sin pasado, formada por individuos que habrían nacido ayer, sin herencias culturales que los precedan. Esa operación puede funcionar en un manual ideológico; funciona bastante peor cuando se camina por París.

Las multitudes de estos días tampoco autorizan a anunciar una súbita recristianización de Francia. La práctica religiosa habitual sigue siendo minoritaria y la secularización es un proceso profundo. Pero tampoco conviene proteger esa tesis mediante la negación de cualquier dato que la complique. En la Pascua de 2026 fueron bautizados 13.234 adultos en Francia, un 28 por ciento más que el año anterior y más del triple que en 2016; el grupo de 18 a 25 años fue el más numeroso, y a esos adultos se sumaron más de 8.100 adolescentes. Ninguna de estas cifras convierte de pronto a Francia en el país católico de hace un siglo, pero sí vuelven bastante menos cómoda la idea de que el cristianismo europeo haya quedado reducido a una pieza arqueológica, conservada apenas para el turismo y los libros de historia.

Eso es, finalmente, lo que volvió singular la presencia de León XIV. El Papa habló de raíces en el Elíseo, rezó en una Notre-Dame que Francia levantó de sus cenizas, reunió a 80.000 jóvenes en Saint-Denis y celebró ante una multitud inmensa en la plaza que conserva la memoria más dura de la Revolución. No hizo falta negar la República, la laicidad ni la diversidad actual del país para recordar que una nación es también la acumulación de sus siglos. Francia seguirá discutiendo con el cristianismo, como lo ha hecho durante buena parte de su historia, y probablemente esa discusión sea una de las formas de su vitalidad; lo que se vuelve cada vez más difícil es sostener que puede borrarlo sin borrar al mismo tiempo una parte decisiva de sí misma.

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