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viernes, junio 5, 2026

Entre el miedo y la pose: FOMO y JOMO como síntomas de una vida en alerta permanente

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Lejos de ser un progreso o una salida, el pasaje del FOMO al JOMO revela dos caras de un mismo régimen cultural: una vida cotidiana sometida a la movilización constante, la visibilidad obligatoria y la estetización incluso de la retirada. En tiempos en que hasta la desconexión debe mostrarse, perderse cosas no siempre libera, veces solo cambia la forma de estar capturados.

 

El teléfono dejó de ser un objeto que usamos y pasó a ser un estado en el que vivimos. No se trata solo de comunicación, ya es vivenciado como una alerta. Una vibración, una luz mínima, una pantalla que despierta sin ser llamada, y algo en el cuerpo se acomoda como si hubiera recibido una consigna. Durante años le pusimos nombre a esa inquietud con una sigla que se volvió popular, FOMO, fear of missing out, el miedo a perderse algo. Pero si uno la toma en serio, la expresión es insuficiente. No es únicamente “miedo”. Es la emoción coherente de una vida organizada para no bajar la guardia.

Por eso conviene apartarse de la explicación sentimental, esa que reduce todo a un problema de ansiedad individual. Hay, por detrás, una estructura. Y en ese punto resulta iluminadora la imagen de Maurizio Ferraris cuando describe la vida contemporánea con smartphones como un estado de movilización permanente, comparable al de una sociedad en tiempos de guerra. No porque estemos combatiendo, sino porque estamos siempre disponibles, alcanzables. Siempre listos para responder. El dispositivo impone una disposición corporal y mental. Estar “conectado” es estar “en servicio”.

Mirado así, el FOMO es un reflejo adaptativo. En una vida donde todo puede ocurrir en cualquier momento, donde cualquier mensaje puede ser una orden blanda o una urgencia social, el sujeto aprende a consultar el perímetro, vigilar, verificar, Incluso cuando no pasa nada. Y lo notable es que, a fuerza de repetición, el gesto pierde su dramatismo y se vuelve natural. El dedo desliza la pantalla como quien confirma, cada tanto, que el mundo sigue ahí y que uno sigue dentro

En ese mismo clima apareció la sigla que muchos celebraron como antídoto, JOMO, joy of missing out, la alegría de perderse cosas. Apagar el celular, no contestar, dejar que el grupo siga sin uno, no entrar a ver qué pasó. Sin embargo, presentarlo como avance es un error de lectura. El JOMO no es la superación del FOMO. Es su reverso exacto. No sale del sistema, más bien lo completa. La misma realidad produce su cara ansiosa y su cara “relajada”. Y ambas se alimentan de la misma matriz, que es la estetización asfixiante de la vida cotidiana.

Porque lo decisivo no es solo que vivamos acelerados, es que vivimos escenificados. La vida ya no ocurre únicamente para ser vivida, sino para ser vista. Y cuando no lo es, queda como si no hubiera ocurrido del todo. La estetización no se limita a lo excepcional, invade lo mínimo. La comida, el café, el libro, el gimnasio, la caminata, el descanso. Incluso el “no hacer nada”. Todo puede convertirse en prueba, en relato, en microescena.

En ese punto se entiende por qué el JOMO puede ser simplemente la nueva forma de la misma captura. La desconexión deja de ser una retirada silenciosa y se vuelve un género. Se muestra el modo avión, la cabaña, la foto sin señal, el “me fui a respirar”, la intimidad cuidadosamente encuadrada. Es la lógica cultural la que manda cuando incluso el retiro debe registrarse y la ausencia debe dejar huella.

Ahí el esquema se vuelve nítido. El FOMO es el miedo a quedar afuera del flujo. El JOMO es la estetización de una salida que no sale. En uno, la compulsión de estar. En el otro, la teatralización de no estar. En ambos, el centro sigue siendo el mismo: la vida subordinada a la visibilidad y la atención como campo de disputa. Lo único que cambia es el estilo. Menos estridencia, más minimalismo. Menos ruido, más “calma”.

Pero se trata de calma expuesta, calma comunicada, calma certificada.

Un ejemplo simple alcanza para que cualquiera lo reconozca. Alguien decide desconectarse el fin de semana. Lo anuncia. Sube una foto del paisaje, del mate, del libro, del cielo con un filtro suave. Dice que se fue a “recargar”. Y puede ser cierto. Pero, también, revela que la desconexión, para tener valor social, necesita ser compartida. La retirada se convierte en contenido.

La cuestión, entonces, no es moral. No se trata de condenar la tecnología ni de idealizar un pasado sin pantallas. Se trata de reconocer el tipo de subjetividad que se está formando cuando la experiencia necesita un registro para adquirir consistencia. Cuando lo vivido tiende a valer menos que lo posteado. Cuando el descanso es legítimo solo si deja evidencia. Cuando el silencio debe explicarse con una publicación.

La imposibilidad de no poder habitar nada sin convertirlo en signo es el verdadero síntoma de época, porque habla de una colonización del tiempo por la lógica de la exposición.

Quizás el gesto más difícil hoy no sea el JOMO, que ya tiene estética disponible y vocabulario listo, sino lograr desconectarse sin anunciarlo. Descansar sin demostrarlo; perderse cosas sin celebrarlo. Vivir un momento sin testigos y sin documento. No como superioridad moral, sino como una pausa real en la movilización permanente.

En una época que convirtió la vida en escenario, lo verdaderamente subversivo es recuperar, aunque sea en pequeñas dosis, una zona sin público.

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