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jueves, junio 4, 2026

El síntoma de la destrucción de la izquierda europea

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La frase de Irene Montero sobre el gran reemplazo de la población nativa por inmigrantes es la escena final de una izquierda que, tras perder su sujeto histórico, se hunde en un identitarismo racializado y nihilista que confunde sustitución con política.

 

Irene Montero, exministra de Igualdad en España y figura icónica del progresismo europeo, celebró en un acto público el gran reemplazo y deseó que se haga realidad para barrer a sus adversarios con inmigrantes. No fue un error retórico. Fue la expresión coherente de una izquierda que ya no sabe qué hacer con la historia y decidió jugar con sus restos.

El problema no es la frase sino la lógica que la hace posible. Pensar la política como reemplazo de sujetos significa abandonar toda idea de ciudadanía común. Significa aceptar que la sociedad avanza no integrando, persuadiendo o articulando intereses, sino sustituyendo poblaciones, como si la historia fuera un recambio de piezas y no una construcción colectiva.

Perdido el sujeto histórico que alguna vez le dio sentido, la clase trabajadora organizada, la izquierda europea quedó sin motor y sin relato. Allí donde antes había conflicto social y promesa histórica, hoy hay dispositivos simbólicos, catecismos identitarios y una obsesión por inventar sujetos que llenen el vacío teórico dejado por el derrumbe de toda perspectiva comunista.

La política de la identidad es la expresión más acabada de esa bancarrota. Reintroduce la raza como principio ordenador, pero la disfraza de sensibilidad. Convierte la pertenencia en destino y lo presenta como liberación. Donde el materialismo veía relaciones sociales, el identitarismo ve cuerpos heridos. Donde había historia, ahora hay biografía victimizada.

Este giro vive en una metafísica del agravio permanente. La política deja de disputar poder y empieza a administrar culpas. Ya no organiza intereses ni construye mayorías, reparte certificados morales. La emancipación se reduce a nombrar correctamente, y el conflicto social se degrada en una guerra de etiquetas.

Lo grotesco es que esta izquierda cree estar combatiendo el esencialismo mientras lo perfecciona. Cree haber superado la raza mientras la reinstala como categoría central, solo que con un vocabulario higienizado. Cree haber dejado atrás la historia mientras juega a ser ingeniera del reemplazo, celebrando lo que ni siquiera entiende.

Ahí es donde la frase de Montero alcanza su punto de absurdo. Una exministra que se dice progresista celebrando la idea de reemplazar a unos ciudadanos por otros como si eso fuera democracia. Una izquierda que, incapaz de convencer a una mayoría, fantasea con sustituirla. No hay ahí audacia ni radicalidad, sino un intento de apropiación progresista de ideas eugenésicas propias de las épocas más oscuras de dicho continente.

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