19.5 C
Asunción
jueves, junio 4, 2026

Y sin embargo, se mueve. Notas sobre Magnifica Humanitas y la benevolencia como política tecnológica

Más Leído

Desde Dubaí, el Ingeniero Hauswith escribe sobre la última encíclica papal con mucho escepticismo.

Por:Roberto Hauswirth

Haus70@gmail.com

Hay textos que nacen para intervenir en la historia y otros que nacen para pedirle a la historia que, por favor, modere el volumen. Magnifica Humanitas, la carta encíclica atribuida a León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, pertenece con elegancia a la segunda familia: no llega como martillo, no llega como bisturí, no llega siquiera como manual de instrucciones; llega como una vela encendida en medio de un centro de datos, convencida de que el silicio, con suficiente diálogo y un buen retiro espiritual, terminaría recordando la ternura de Belén.

El documento se abre con una escena grandiosa: la humanidad ante una elección decisiva, levantar una nueva torre de Babel o edificar una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. La imagen es bella, naturalmente. También es antigua, solemne y perfectamente incapaz de explicar cómo se entrenan modelos fundacionales, cómo se financian infraestructuras de cómputo, cómo se decide la integración de IA en defensa, cómo se organizan cadenas de suministro de semiconductores o cómo se compite geopolíticamente por la supremacía tecnológica. Pero la belleza tiene esa ventaja: cuando no alcanza para comprender, al menos decora la incomprensión.

La encíclica quiere hablarle al siglo XXI con las imágenes del Génesis y de Nehemías. Babel, Jerusalén, murallas, exiliados, comunión, fraternidad. Todo muy noble. El problema es que la inteligencia artificial no está esperando en la llanura de Senaar con ladrillos y betún. Está operando en laboratorios privados, nubes militares, sistemas financieros, plataformas logísticas, hospitales, agencias de inteligencia, fábricas automatizadas y modelos empresariales que no se detienen a preguntarse si el lenguaje común de la humanidad ha sido bendecido por el Espíritu Santo. Mientras la encíclica propone reconstruir murallas en comunión, el mundo real está desplegando centros de datos, chips H100, modelos multimodales, contratos de defensa y plataformas de decisión en tiempo real. Solamente para el año 2026 se prevé que el gasto mundial en inteligencia artificial (IA) crezca un 47%. Esto es, una cifra de negocio de 2,59 billones de dólares.

La carta insiste, con insistencia verdaderamente eclesiástica, en el diálogo. Desea «entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo»; quiere escuchar, discernir, acompañar, construir, orientar, custodiar, relanzar el multilateralismo, desarmar las palabras y evitar la agresividad del lenguaje. El diálogo es magnífico cuando las partes comparten una mesa. Pero la IA no se desarrolla en una mesa redonda de pastoral social. Se desarrolla en una carrera brutal por talento, datos, energía, modelos, clientes, infraestructura y ventaja estratégica.

El candor del documento no está en defender la dignidad humana. Esa defensa es necesaria. Su ingenuidad consiste en creer que la dignidad humana, formulada con suficiente dulzura, puede operar como criterio eficaz en un ecosistema donde los actores que mandan no son parroquias, sino corporaciones tecnológicas, Estados, fondos de inversión, ejércitos, agencias de inteligencia y mercados que premian la velocidad antes que la contemplación. La encíclica lo sabe a medias: reconoce que los motores del desarrollo tecnológico son hoy actores privados transnacionales con recursos superiores a muchos gobiernos. Pero después de mirar al monstruo, le recomienda buenos modales.

El texto habla de responsabilidad, transparencia, gobernanza, accountability, vigilancia independiente y marcos jurídicos adecuados. Todo eso suena muy sensato. Tan sensato que uno casi olvida que el mundo lleva décadas produciendo declaraciones éticas que duermen, perfectamente alineadas, en bibliotecas institucionales, mientras la tecnología avanza con la delicadeza de una excavadora. La ética contemporánea tiene una debilidad notable: suele llegar cuando la arquitectura ya está construida, los datos ya fueron capturados, los hábitos ya fueron modificados, los contratos ya fueron firmados y los usuarios ya aceptaron términos y condiciones que no leyeron, no entendieron y no podrían negociar aunque quisieran. Entonces aparece el experto en gobernanza, con su PowerPoint sobre dignidad y su bibliografía sobre ética aplicada, para informar, con voz serena, que sería conveniente reflexionar.

Mientras el documento circula, Dubai ya opera con una tasa de adopción de IA del 70% y ejecuta un plan para que agentes autónomos gestionen al menos la mitad de todos los procesos gubernamentales y servicios públicos. No como proyecto piloto. Como política de Estado. Ralentizar la IA, en ese contexto, equivale a pedirle a una potencia nuclear que medite antes de actualizar su arsenal, o a una empresa que abandone una ventaja competitiva por respeto a una exhortación moral. La prudencia es una virtud. Pero cuando se formula sin poder, sin músculo industrial y sin capacidad tecnológica propia, puede convertirse en el nombre elegante de la irrelevancia.

El documento parece temer al «paradigma tecnocrático», esa expresión que en los textos eclesiales funciona como alarma de incendio intelectual. Tecnocrático es todo aquello que huele a cálculo, eficiencia, dominio, optimización, automatización o poder. El problema es que la técnica no es una desviación accidental de la humanidad: es una de sus formas más persistentes de sobrevivir. El ser humano no se hizo humano sólo porque contempló el misterio, sino porque fabricó herramientas, dominó el fuego, domesticó especies, organizó ciudades, inventó calendarios, construyó barcos, imprimió libros, midió los astros, abrió cuerpos, descifró genes y puso satélites en órbita. La técnica no es el enemigo de la humanidad. Es una de sus autobiografías.

Por eso resulta tan pobre reducir compañías como Palantir a la caricatura del tecnofascismo. Palantir incomoda, ciertamente. Nació cerca del mundo de la inteligencia, trabaja con gobiernos, defensa, seguridad, instituciones públicas y grandes corporaciones. Su nombre mismo, tomado de las piedras videntes de Tolkien, parece escrito por un novelista que no confiaba demasiado en los hombres que miran demasiado lejos. Pero de ahí a convertirla en una entidad demoníaca hay un salto que sólo puede darse con los ojos cerrados y el vocabulario inflamado.

Palantir no es simplemente una fantasía de vigilancia masiva; es también una infraestructura de decisión para entornos complejos. Su software declara operar en decisiones «en tiempo real» para empresas gubernamentales y comerciales críticas, desde fábricas hasta frentes de batalla. Su plataforma AIP se presenta como un sistema para resolver problemas complejos en industrias diversas en días y no en años. Eso no es un detalle menor. En un mundo donde los Estados se ahogan en datos que no logran procesar, donde los hospitales, ejércitos, industrias, cadenas logísticas y sistemas públicos funcionan muchas veces con información fragmentada, una herramienta capaz de integrar, interpretar y activar decisiones no es necesariamente una amenaza fascista. Puede ser, simplemente, lo que algunos llaman amenaza porque no pudieron construirlo.

La palabra «tecnofascismo» tiene una ventaja retórica evidente: permite no pensar. Uno la pronuncia y el adversario queda automáticamente vestido de uniforme negro, aunque esté desarrollando software de análisis, logística o inteligencia operacional. Es un término perfecto para quienes prefieren la indignación a la descripción. Todo poder tecnológico concentrado merece vigilancia democrática, por supuesto. Pero llamar fascismo a cada articulación entre tecnología, Estado y defensa es una forma de pereza conceptual. Bajo esa lógica, el radar fue fascista, la criptografía fue fascista, la computación militar fue fascista, Internet nació con pecado original y la medicina algorítmica debería someterse a un proceso sinodal antes de atreverse a diagnosticar.

El problema real no es que Palantir exista. El problema real es que muchos países, especialmente aquellos que todavía confunden transformación digital con comprar licencias y abrir oficinas de innovación, no tienen nada equivalente. No tienen infraestructura, no tienen talento retenido, no tienen datos limpios, no tienen visión estratégica, no tienen industria tecnológica de escala, no tienen soberanía computacional y, por tanto, se consuelan llamando «amenaza» a lo que otros llaman capacidad. Es una vieja costumbre: cuando no se puede construir el tren, se redacta una crítica moral al ferrocarril.

La encíclica cae, por momentos, en esa tentación: mirar la tecnología avanzada como si fuera una fuerza moralmente sospechosa por el simple hecho de ser poderosa. Pero el poder no es una anomalía. El poder es el modo en que las cosas ocurren en la historia. La pregunta no es si habrá poder tecnológico. Lo habrá. La pregunta es quién lo tendrá, con qué fines, con qué controles, con qué cultura política y con qué capacidad de producir desarrollo. El documento prefiere otra pregunta: cómo evitar Babel. Hermoso. Pero mientras algunos evitan Babel, otros construyen la nube.

También resulta notable la apelación constante al candor, la benevolencia y la fraternidad. La encíclica confía en el corazón abierto, la inteligencia dispuesta a escuchar y la voluntad que busca lo que une más que lo que separa. Uno quisiera creerlo. Sería tranquilizador imaginar que la carrera por la IA se resolverá en una mesa de diálogo donde programadores, cardenales, CEOs, obreros, migrantes, legisladores, militares y poetas acuerden una ética común entre café, documentos de trabajo y una oración final. Pero la historia humana, lamentablemente, no ha sido una asamblea sinodal permanente. Ha sido guerra, comercio, ciencia, conquista, cooperación, traición, invención, cálculo, belleza y catástrofe. A veces todo en la misma semana.

El espíritu de diálogo, cuando se vuelve reflejo automático, corre el riesgo de convertirse en una renuncia a distinguir. No todo merece diálogo en el mismo plano. No se dialoga con un reactor nuclear como se dialoga con una comunidad parroquial. No se dialoga con un algoritmo de asignación de blancos como se dialoga con un estudiante confundido. No se dialoga con una arquitectura de poder: se la entiende, se la regula, se la usa, se la disputa, se la audita, se la supera o se la combate. El diálogo puede ser una virtud política; también puede ser una forma exquisita de no decidir.

El documento quiere «desarmar las palabras». Otra bella expresión. Pero algunas palabras existen porque nombran conflictos reales. La paz lingüística no debe confundirse con precisión intelectual. A veces una palabra hiere porque revela. A veces una crítica es dura porque la realidad lo es. A veces el lenguaje debe armarse, no para destruir personas, sino para perforar nieblas morales. La cortesía puede ser una virtud; también puede ser anestesia. Hay épocas en que pedir moderación verbal a quienes intentan describir una revolución tecnológica equivale a pedirle al testigo de un incendio que no levante la voz porque perturba la convivencia del vecindario.

Lo más curioso, sin embargo, es que esta vigilancia moral sobre la ciencia y la técnica provenga de una institución cuya relación histórica con el conocimiento científico no siempre fue precisamente una fiesta de apertura cognitiva. Conviene recordarlo sin caer en caricaturas baratas: la historia es más compleja que el mito escolar del científico heroico contra una horda de oscurantistas. Pero también conviene no lavarla con agua bendita: Galileo fue juzgado formalmente en 1633 por la Inquisición romana, obligado a abjurar y condenado a arresto domiciliario por sostener el heliocentrismo.

Es decir: la misma tradición institucional que hoy pide humildad a la técnica debería recordar que alguna vez le pidió humildad al telescopio. El telescopio, con una falta de sensibilidad pastoral verdaderamente notable, siguió mostrando lunas alrededor de Júpiter. La realidad tiene ese defecto: no siempre respeta los procedimientos de discernimiento.

Por eso hay algo profundamente irónico en que el Vaticano se presente ahora como árbitro moral de la inteligencia artificial. Desde luego, tiene derecho a hablar. Toda institución humana puede y debe intervenir en los debates de su tiempo. Pero hablar desde la historia exige algo más que invocar la dignidad humana. Exige memoria. La Iglesia no siempre custodió la libertad de investigación; a veces custodió su propio sistema de autoridad contra evidencias incómodas. No siempre acompañó a la ciencia; a veces la hizo comparecer. No siempre dialogó; a veces procesó. Y aunque la historia haya sido compleja, la complejidad no absuelve: apenas impide la caricatura.

La encíclica propone una antropología del límite. Quiere recordarnos que la fragilidad no es un error a corregir, que el ser humano no debe ser reducido a datos, que la técnica no puede ocupar el lugar del alma, que la persona no es una máquina mejorable indefinidamente. Todo eso tiene un núcleo atendible. Pero llevado demasiado lejos, ese elogio del límite puede convertirse en una mística de la impotencia. La fragilidad humana no siempre merece ser celebrada. A veces merece ser combatida. La poliomielitis no era una hermosa pedagogía del límite. La anestesia no fue una falta de humildad ante el dolor. Los antibióticos no fueron una rebelión prometeica contra la creación. La cirugía cardíaca no fue Babel. La inteligencia artificial aplicada a medicina, logística, defensa, educación o industria tampoco debe ser tratada como una sospecha ontológica.

Hay una diferencia fundamental entre reconocer límites y hacer del límite una espiritualidad defensiva. El ser humano no honra su dignidad quedándose pequeño. También la honra expandiendo sus capacidades. La escritura expandió la memoria. La imprenta expandió la transmisión del conocimiento. El telescopio expandió la mirada. El microscopio expandió lo invisible. La IA expande la decisión, el análisis, la predicción, la automatización y la creación. Que esa expansión sea riesgosa no la vuelve ilegítima. Todo gran avance humano ha sido peligroso. La historia de la civilización es la historia de herramientas que podían salvar o destruir, según quién las tomara y para qué.

En este punto, el documento parece oscilar entre una aceptación formal de la técnica y una sospecha profunda de su ambición. Dice que la tecnología no es un mal en sí, que puede curar, conectar, educar y cuidar. Pero inmediatamente la rodea de advertencias, símbolos bíblicos, llamados a la prudencia, controles, límites, dignidad, solidaridad, justicia social y temor a la deshumanización. Es como invitar a la técnica a cenar, servirle el mejor vino y sentarla al lado del exorcista.

La encíclica tiene razón en una cosa: la IA no es neutral. Pero esa afirmación, repetida hoy con aire de descubrimiento filosófico, tampoco debería llevarnos al pánico. Nada humano es neutral. Tampoco lo fue el alfabeto, que permitió escribir poemas y decretos de muerte. Tampoco lo fue la navegación, que conectó mundos y facilitó conquistas. Tampoco lo fue la universidad medieval, que preservó saberes y al mismo tiempo administró ortodoxias. Tampoco lo fue el púlpito, esa antigua tecnología de comunicación masiva desde la cual se podían predicar misericordias o cruzadas. La neutralidad absoluta no existe. Lo que existe es responsabilidad, diseño institucional, competencia técnica y control político.

Y aquí aparece el punto que la encíclica roza, pero no termina de asumir: la IA no se gobierna sólo con ética, sino con capacidad. Quien no produce tecnología, la padece. Quien no controla infraestructura, negocia desde la dependencia. Quien no entrena modelos, consume modelos entrenados por otros. Quien no ordena sus datos, se convierte en materia prima de sistemas ajenos. Quien no invierte en ciencia, luego escribe documentos sobre la necesidad de humanizar lo que otros inventaron. La ética sin industria es homilía. La regulación sin capacidad es trámite. La dignidad sin poder material es consuelo.

Por eso Palantir, más allá de sus zonas oscuras, representa algo que incomoda a las almas delicadas: la decisión de tomarse en serio el poder tecnológico. Alex Karp y Nicholas Zamiska, en The Technological Republic, critican una Silicon Valley obsesionada con aplicaciones triviales y llaman a reconectar el talento tecnológico con los grandes desafíos del Estado, la defensa y la civilización occidental. El libro ha sido leído precisamente como un manifiesto sobre la relación entre tecnología, Estado y poder. Puede gustar o no. Puede preocupar, sin duda. Pero al menos entiende algo elemental: la tecnología no es un accesorio de estilo de vida. Es infraestructura de soberanía. (Véase mi escrito en el Trueno)

Frente a eso, la encíclica ofrece una civilización del amor. No está mal. Pero una civilización del amor sin defensa, sin energía, sin industria, sin ciencia, sin cómputo, sin instituciones eficaces y sin capacidad de decisión se parece demasiado a una bella ciudad sin murallas, precisamente esa imagen que el propio texto toma de Nehemías. El amor, para no ser literatura, necesita logística. La fraternidad necesita sistemas. La justicia necesita datos. La paz necesita disuasión. La dignidad necesita presupuesto. Y el bien común, si quiere sobrevivir a la era de la IA, necesitará algo más que sensibilidad: necesitará ingeniería.

El documento quiere «custodiar lo humano». La expresión es noble, pero ambigua. ¿Custodiarlo de qué? ¿De la máquina? ¿Del mercado? ¿Del Estado? ¿De sí mismo? Lo humano no es una porcelana espiritual guardada en una vitrina. Lo humano es una criatura contradictoria que inventó la sinfonía y la cámara de gas, la vacuna y la bomba atómica, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los campos de exterminio, la catedral y el misil hipersónico. Custodiar lo humano no puede significar preservarlo en una imagen piadosa de bondad originaria. También debe significar organizar su violencia, dirigir su inteligencia, disciplinar su poder, ampliar su conocimiento y evitar que su sentimentalismo lo vuelva indefenso.

La IA no amenaza únicamente porque pueda deshumanizarnos. Amenaza también porque puede dejar al descubierto una verdad incómoda: muchas funciones que creíamos profundamente humanas eran, en realidad, rutinas automatizables con suficiente información y potencia de cálculo. Eso humilla. Y cuando una civilización se siente humillada por sus propias herramientas, suele responder moralizando. La máquina escribe, diagnostica, traduce, programa, predice, clasifica, recomienda, simula, diseña. Entonces aparece el humanismo herido y declara que la máquina no tiene alma. Probablemente no la tenga. Pero para muchas tareas, por desgracia para el narcisismo de la especie, no la necesita.

El error sería concluir que, como la IA carece de alma, carece de importancia antropológica. Al contrario: precisamente porque no tiene alma, pero sí eficacia, obliga a repensar qué parte de nuestras instituciones dependía de capacidades humanas escasas y qué parte dependía apenas de procesos repetibles. La encíclica parece querer salvar al ser humano recordando su misterio. Bien. Pero el misterio no paga salarios, no diseña políticas industriales y no impide que un país tecnológicamente atrasado se convierta en usuario obediente de plataformas ajenas.

Hay, en suma, una dulzura peligrosa en Magnifica Humanitas. No porque hable de dignidad, sino porque parece creer que el siglo escuchará ese lenguaje con gratitud. El siglo XXI no es un seminarista atento. Es un campo de disputa entre potencias, laboratorios, ejércitos, empresas, Estados regulatorios, fondos de capital, universidades, hackers, usuarios y burocracias. A ese mundo se le puede hablar de dignidad, ciertamente. Pero también hay que hablarle en el idioma de la capacidad técnica, de la defensa, de la energía, del capital, del derecho duro, de la competencia científica y de la soberanía tecnológica.

El documento quiere evitar la enésima Babel. Pero tal vez el verdadero riesgo no sea que la humanidad construya una torre demasiado alta. Tal vez el riesgo sea que algunos construyan la torre, otros alquilen oficinas en los pisos inferiores y muchos, desde abajo, publiquen comunicados sobre la necesidad de que el ascensor sea accesible, sostenible y con perspectiva intercultural. La historia no suele esperar a los que llegan con el glosario moral cuando la obra ya está inaugurada.

La Iglesia tiene derecho a advertir sobre los peligros de la IA. Tiene incluso autoridad moral para recordar que el poder sin justicia se vuelve brutal. Pero haría bien en recordar que el telescopio también fue, en su momento, una tecnología sospechosa para quienes custodiaban una imagen cerrada del mundo. Galileo no destruyó la dignidad humana al mirar el cielo de otra manera. La amplió. La humillación no fue descubrir que la Tierra se movía. La humillación fue necesitar un juicio para aceptarlo.

Hoy la IA vuelve a mover la Tierra bajo nuestros pies. Y, otra vez, los guardianes del sentido piden prudencia. Está bien. La prudencia es necesaria. Pero cuando la prudencia se vuelve reflejo defensivo ante cada salto de la inteligencia humana, deja de ser virtud y se convierte en nostalgia administrada.

La humanidad no necesita elegir entre Babel y Jerusalén como si el futuro fuera una catequesis arquitectónica. Necesita construir centros de investigación, hospitales inteligentes, sistemas educativos aumentados, plataformas públicas eficientes, defensa tecnológica, industria avanzada, regulación competente y una cultura capaz de distinguir entre el poder que oprime y el poder que permite existir. Porque sin poder, incluso la dignidad termina dependiendo de la benevolencia ajena. Una civilización que confía en la bondad ajena para proteger lo propio no está construyendo el futuro: está esperando que alguien se lo conceda.

Magnifica Humanitas merece ser leída. No porque tenga todas las respuestas, sino porque plantea muchas preguntas con una seriedad que el debate tecnológico suele evitar. A veces una vela encendida en un centro de datos no ilumina el servidor, pero sí recuerda que alguien debería preguntar para qué sirve. Eso, en un mundo que avanza sin mirar atrás, no es poca cosa.

Más Artículos

America TV

Últimos Artículos